Tres décadas hace que prendió primero la Historia y luego una de sus técnicas "colaterales" la Arqueología. Desde entonces tantos paisajes, tantos lugares y en todos siempre un detalle, que nos deja un jirón de recuerdo. Por ello esta "arqueología colateral" aspira a recuperar retazos de aquellos viajes, estancias, personas, lugares que hemos surcado en pos de la labor cotidiana de la arena entre los dedos, la criba del hueso, de la astilla oxidada que un día clavo fue...

martes, 19 de abril de 2011

El Castillo de Belmonte



Hemos vuelto al castillo de Belmonte, casi diez años después. Recordamos de entonces el vértigo del camino de ronda en la vertiente del patio de armas, la oscuridad de las estancias y los paramentos de un color indefinido. Conservamos la fotografía de una de nuestras sobrinas, muy niña, sobre uno de los bancos adosados a las ventanas del piso superior. Era y es un castillo bien conservado, donde la ruina llevaba decenios ausente o quizás nunca había conciliado la hiedra sobre las piedras que circundaban una planta relativamente sencilla, de un par de crujías conservadas y cortina de cierre en la que se incluye una completa y achatada torre del homenaje.

A finales de 2010 se reabrió al público tras años de rehabilitación, según reza la placa clavada bajo el soportal del patio. Según esta, el Excmo. Ayuntamiento realizó los trabajos con la colaboración de los ministerios de Fomento y Cultura, la Junta de Comunidades de Castilla- La Mancha y la Casa Ducal de Peñaranda. En el audiovisual que se exhibe al inicio de la visita se menciona explícitamente que el resultado ha sido posible gracias a un acuerdo de colaboración entre las entidades mencionadas y familia propietaria, dos de cuyos miembros exponen, de forma concisa y meridiana, el proceso de rehabilitación del castillo. Abundamos en este aspecto, quizás por poco usual, pero ciertamente imprescindible en una intervención como esta, donde el papel de la familia seguramente ha sido determinante. Quizás estamos demasiado acostumbrados a la actuación de las administraciones – que con dinero público – en muchas ocasiones encarecen los procesos de obra y en bastantes otras acaban por abandonar a su suerte a los edificios restaurados, a base de nulo mantenimiento y escasa innovación en contenidos de una pretendida industria cultural, que no deja de ser un método de mantener unos puestos de trabajo clientelares y escasamente cualificados.

Naturalmente es encomiable la labor realizada y que podamos admirar el resultado, aún muy reciente y que deseamos tenga larga continuidad en el tiempo. Quizás quede rodar más las áreas de acogida y cafetería, con su solitaria armadura a la puerta, quizás fuera de contexto y que nos recuerda la “estética hostelera” de la que hablaremos en otra entrega. Sin embargo impecables las señales que conducen la visita y el audiovisual -. que se proyecta sobre la parte alta de la puerta de entrada a la planta baja de una de las crujías – en un audaz montaje de tres proyectores, que consiguen un formato panorámico muy apropiado para este tipo de audiovisual. Nos recuerda en cierta medida el que se exhibía al menos hace unos cuantos años en el “Centro de Interpretación” (horrible definición que habría que sustituir más pronto que tarde) de la Valltorta en Castellón. Aquél, mediante varios proyectores de clásicas diapositivas, ofrecía unos efectos visuales ciertamente bien logrados. En este caso, en el castillo de Belmonte, se muestran unos ajustados y concisos textos – con el bien medido recurso de la dramatización de dos de las principales protagonistas que albergaron los muros de la fortaleza – Doña Juana la Beltraneja y la Emperatriz Doña Eugenia de Montijo. En definitiva buenas imágenes bien narradas sin el hartazgo contemporáneo de los recursos digitales que tan mal van a envejecer.

Dos notas mas en este aspecto. Acertada la presencia de las audioguías, aunque no hemos tenido ocasión de escuchar, pues encomiamos la decisión de permitir la toma de fotografías en el interior (naturalmente sin flash ni trípode) y dado el tiempo tasado de la visita hemos optado en esta fotografiar y no escuchar la narración de la audioguía. En este caso el tiempo queda bajo la batuta de nuestro amigo Jorge Jiménez Esteban, director del visita organizada por la Asociación de Amigos de los Castillos, pues les acompañamos por la tarde al Castillo de Almenara, también señorial aunque sin conservación durante quizás tres siglos. Jorge, sin duda, es la persona que más experiencia tiene en viajes de carácter cultural, habiendo dirigido centenares de ellos a decenas de castillos, monasterios y conjuntos históricos.

El edificio se nos muestra impecable en la fábrica de ladrillo de las dos fachadas conservadas en el patio y completo en los paramentos exteriores – de almenado ciertamente historicista – y la torre del homenaje que se halla junto a la puerta de ingreso al segundo recinto. Otra de las características de este conjunto es la muralla urbana que arranca de la intersección de los paramentos noreste – sureste y noroeste – suroeste respectivamente. Esta muralla se acaba diluyendo en el caserío blanco que se extiende a los pies de la fortaleza, aunque se conservan un par de puertas bastante interesantes. Por otra parte, el pulcro interior presenta una escalera “muy XIX” situada en el extremo de una de las crujías divida longitudinalmente por un muro de carga atravesado por huecos realzados por jambas y dinteles de notable cantería. En el lado recayente al patio la estancia aparece diáfana y comunica con la crujía contigua, de la misma disposición que la descrita. En las esquinas se accede al interior de los torreones y la mitad de la crujía que da al exterior (hacia el casco urbano) aparece dividida en una serie de estancias en la más cercana a la escalera. En la planta primera se han recreado diversas habitaciones bajomedievales, bastante acertadas, mientras que en la segunda, se escenifican las estancias a modo del siglo XIX, cuales debieron ser las de emperatriz de Francia. La crujía más alejada de la escalera presentan las estancias exteriores diáfanas, en un magnífico salón de ventanas afiligranadas y soberbia armadura en la primera. También hemos observado una de las estancias con una “instalación” de arte contemporáneo.

En suma, un castillo que había llegado prácticamente completo, o reintegrado en algunos de sus paramentos, a finales del siglo XX y que ahora tras unos años de rehabilitación integral, se muestra en todo su esplendor bajomedieval, con adecuada escenografía y elementos edilicios que nos llevan de la mano hasta el mismo siglo XIX, en una poco habitual unión de dos épocas bastante alejadas cronológica y estéticamente. Iniciativas como la presente nos reafirman que la adaptación indiscriminada de “contenedores históricos” para otros usos para los que fueron concebidos acaban desvirtuando y destruyendo el edificio. La Universidad de Santa Catalina de Burgo de Osma es solo un ejemplo de este “estilo hostelero” de paredes sin enlucir, techos plagados de halógenos y pavimentos generalmente de ladrillo o caliza de la peor calidad. En suma edificios destruidos de los que se mantiene apenas una cáscara para conservar el sello de “patrimonio histórico”. En esta línea, que acertado el mantenimiento de los paramentos revocados en todas las estancias del Castillo de Belmonte y nunca seremos conscientes del daño que han hecho las alcotanas al reventar los enlucidos seculares de tantos y tantos edificios hoy convertidos en simples y vulgares “naves industriales ilustradas”.

miércoles, 13 de abril de 2011

Burgos

Hemos estado otra vez en Burgos. La verdad es que habíamos pasado varias veces en los últimos años, e incluso habíamos intentado comer en un renombrado restaurante de las afueras de la ciudad, con desastrosa atención y retirada a tiempo, aunque hambrientos. El remedio fue un pequeño barecito en la carretera de Aguilar de Campoo, donde entre cecina y morcilla, volvimos a la vida.
Pero ahora ha sido diferente. Para empezar la catedral ya no es negra, sino ocre blanquecina y parece mas pequeña, aunque la filigrana de piedra permanece incólume. No obstante el “Plan Director” también ha aterrizado en la sede episcopal, dividiendo claramente las áreas de turismo y culto, siendo la entrada de la primera de un precio asequible y el espacio de la segunda acorde con las dimensiones totales de la Seo. Que lejos de la Catedral Primada, que tan desagradablemente nos sorprendió hace algún tiempo - megafonía incluída en su interior – quizás en añoranza por la que ya no existe en estaciones de ferrocarril o terminales aeroportuarias. Añadamos en Burgos la claridad del programa de mano que escuetamente nos guía por el interior de claustros y naves, así como de las señales de identificación en cada una de las capillas, casi todas visitables. Todo se encuentra sorprendentemente blanco, de una caliza impoluta, alejada de aquellas piedras grises y negruzcas que pueblan los recuerdos de nuestra adolescencia viajera. Solo un “pero”, ni coro ni altar pudimos visitar, ya que se estaba preparando una ceremonia para esa misma tarde. El paso de los años quizás nos permite recrearnos en los detalles. Y el arte quizás es un conjunto de detalles que pasan inadvertidos bajo la apariencia de un conjunto homogéneo. En esta grata visita, junto a nuestro primo Jose Antonio, pudimos detenernos en las pinturas de la Capilla de San Juan de Sahagún y en la magnífica exposición de “El Greco en la catedral”, bonita iniciativa - de mejor catálogo, donde brillan con luz propia algunas de las obras de quizás el pintor más original del siglo XVI.
El Monasterio de San Juan es un convento en ruina del que queda parte de los paramentos de la iglesia, con la torre bien conservada, así como el claustro y la sala capitular, que actualmente es marco incomparable para celebraciones. Allí asistimos al enlace de Patricia y Oscar bajo una de las nueve bóvedas se cruzan nervios de pulcra cantería. La ceremonia no pudo tener mejor marco y el actual jardín, aunque minimalista en la vegetación, distiende a los invitados en las simpáticas fotos familiares. Logramos algunas fotos sorpresa, que no han quedado nada mal, ya que los novios – jóvenes y guapos – propician el resultado de las instantáneas. De ahí nos dirigimos al hotel Velada que se halla en el solar de un palacio de finales del siglo XVIII que conserva la fachada a la calle Fernán González, además del cierre posterior y paramentos de un pequeño jardín, que se mantienen en uno de los salones del conjunto hotelero, donde celebramos el epílogo de la ceremonia anterior. También conserva varios arcos de ladrillos de poco espesor. Un lugar muy agradable y situado en pleno centro de la ciudad, ahora de tráfico compartido y de aceras peatonales, sobre todo en las calles que rodean la Plaza Mayor. Buenas joyerías, algunas tabernas donde aún no ha llegado la madrileña costumbre del aperitivo gratis total, y animación, mucha animación, además de otras tiendas que definitivamente nos hablan de la voluntad de los burgaleses de conservar su rico patrimonio urbano, huyendo por el momento de otros modelos comerciales. Estos también existen, pero al parecer no han podido sustituir el espléndido centro de la ciudad castellana.
El Monasterio de Santa María Real de las Huelgas era uno de esos lugares que nunca habíamos visitado y que tenía especial significación para nosotros. Tenía y tiene, pues tras la visita hemos afirmado el aura de siglos que gravitaba en nuestro intelecto. Seguramente habíamos visto imágenes del conjunto monástico, pero ahora todo es mucho más inmediato y por ello hace tiempo que solo accedemos a la información de la red, de los lugares que pretendemos visitar, para situar el lugar en el mapa correspondiente y si acaso los horarios de apertura. Queremos seguir teniendo sorpresas y que los lugares cargados de años – creo que también les llaman monumentos, parques arqueológicos, museos - se desvelen a cada vuelta de nave, pasillo o estancia.... Comprendemos que ya no podemos visitar estos conjuntos como hace años, donde se paseaba despacio, e incluso invertir el sentido de la visita y hacer las fotos sin prisa y siempre sin flash. Antes las cámaras no tenían flash incorporado, por lo que accedíamos con el diafragma muy abierto, o con película de alta sensibilidad. El flash incorporado es uno de los símbolos de este siglo XXI. ¿porque en los espectáculos de masas nadie se ocupa de desconectar el flash de sus cámaras?. Es curioso ver las decenas de miles de destellos que se derrochan en cada uno de esas concentraciones. Lo mismo que ocurre en estos recintos históricos, donde tras las reiteradas desobediencias de los “turistas de flash fácil“ se ha optado por impedir el uso de cámaras fotográficas. Mientras, saboreábamos la luz de media mañana entre las columnas del claustro antiguo.
Sorprende lo arropado que aparece el monasterio por el pequeño núcleo urbano que lo separa del río. Además el conjunto de espacios construidos y espacios intermedios se halla bastante “indemne”, por lo que cada desplazamiento entre edificios se realiza a través de espacios ordenados y delimitados y no como en otros conjuntos monásticos, donde apenas quedan restos de iglesia y claustro. La iglesia, tan peculiar, con el muro de separación entre naves y cabecera – crucero, pero conservando los rasgos de las iglesias monásticas del siglo XIII. Y el área claustral, con la “gloria” bajo el suelo, roble puro del siglo XVI, y el panteón real de la Corona de Castilla, con los hoy desnudos sepulcros, que en forma y cromía recuerdan los sarcófagos de la Bética, aunque sin la decoración en relieve de estos. Por cierto, el intenso frío mantenía compacto el grupo de visita y en silencio, ¿ o es que el silencio era signo de respeto ante el conjunto monástico ?. Con toda probabilidad el grupo, en su mayoría de jóvenes, aprovechaba el fin de semana en Burgos para visitar con todo respeto el monasterio y sobre todo, sin los habituales comentarios sobre el clero medieval...  ¿Será que hay mucho más interés en este tipo de lugares históricos ?, muy posiblemente y seria una buena línea de investigación. El colofón es una de las capillas, de arquitectura mudéjar, o quizás parte de un conjunto de baños, que nos recuerda el sur del Duero, el mismo Tajo en la propia Toledo. La cúpula, los huecos, los paramentos, todo nos recuerda la mejor edilicia de Al-Andalus. Otra de las capillas cercanas, donde se guarda al efigie que mediante un mecanismo armaba caballero al propio rey, presentaba una armadura en el techo soberbia, y sobre todo, con la coloración bastante intacta y unas paredes sin revocar, en este funesto estilo “hostelero” que nos asola desde hace décadas y que no tiene visus de batirse en retirada. Otro día hablaremos de estas paredes desnudas. Las Huelgas nos ha sorprendido por lo homogéneo del monasterio, las reformas sobre los claustros, los suelos de guijarros de apenas medio siglo, los escudos de las abadesas del siglo XIX...todo un conjunto monástico conservado en su posible carácter primigenio.
En definitiva una de las capitales castellanas que ha sabido guardar el paisaje edilicio y quizás lo que es mas importante, la voluntad de los habitantes que hace posible acercarse a una ciudad donde el patrimonio histórico no es un conjunto de manzanas de piedra más o menos conservada, sino que se imbrica en el devenir diario de Burgos.

sábado, 12 de marzo de 2011

Del Henares al Gigüela. Dos horas en el reloj peninsular

El pasado y presente de los paisajes se halla hendido por los valles y los ríos que los surcan. En una orografía tan plegada como la Península Ibérica, los cursos hídricos se encajan entre las sierras y los sistemas montañosos y en un centenar de kilómetros es posible atravesar varios cursos de cierta entidad. Hoy hemos viajado desde el río Henares, en la ciudad de Guadalajara, hasta el río Gigüela, al sur de cuya margen izquierda se halla Puebla de Almenara, sureste de la actual provincia de Cuenca. Un montón de kilómetros que también atraviesan el Tajuña y el alto Tajo, cuatro valles seccionados por un arco a un centenar de kilómetros del centro, entre las imaginarias 2 y 4 de la esfera del reloj peninsular. Dos horas entre la Alcarria y la Mancha, las mismas que tardamos rodando entre la N-320 y la CM-310, con punto de inflexión en Cañaveras, a escaso medio centenar de kilómetros de Cuenca capital, que queda al este, ya en el Júcar, hoy fuera de nuestro relato.
El ascenso a la alcarria es brusco y a su coronación la carretera deja al oeste el emplazamiento de los restos subterráneos de uno de los cuarteles del Ejército de la II República Española y al este un reciente desarrollo urbano, desangelado, inconcluso y seguramente pendiente de vender a tenor de la multitud de persianas bajas que saludan al tren de alta velocidad, que ha sido hurtado de la capital para detenerse fugazmente en este páramo fallido. A partir de ahí se desencadena la sinfonía sedimentaria, escasamente jalonada de pinos, relictos de otro tiempo. Algún pueblo que otro, al parecer también relicto, colgado de media altura de los páramos, con inverosímiles campanarios en lo poco apropiado de su emplazamiento. La brusca hendidura del Tajuña anuncia el carácter que no pierde el valle hasta las tierras del sudeste madrileño, donde las rampas de la A3 rompen embragues, entre el este de Arganda y Villarejo de Salvanés. Aquí también el descenso es brusco y sirve de cruce a las comarcales que llevan a Pastrana y Mondéjar, antesala de las tierras del Tajo en Zorita, Almoguera y Estremera. Pero no continuamos por aquí, sino hacia el sureste meridiano, hasta el cúmulo de hectómetros cúbicos de Entrepeñas, que se hace pueblo en Sacedón, donde la mole pétrea de la iglesia destaca entre una apreciable calle de arquitectura de casas de dos pisos y dos huecos por forjado, quizás Dieciocho y una curiosa ribera que acumula calafates del Veinte entre desvencijados cascos de fibra de vidrio.
Tras el pantano se abre un valle interior, amplio y bonito, casi de montaña, en cuyo fondo espejea Buendía, que tras ser atravesado - dejando a un lado una curiosa residencia de ancianos, en una posible escuela de hace una centuria – volvemos a ganar altura en los páramos que ahora se hacen feroces cerros testigo, quizás antesala de los grandes poblados de otros tiempos. Olivos abrigados en los piedemontes, retamas, aún sin las carrascas omnipresentes en las tierras de Cuenca. Cañaveras, también enclave, con un pequeño cerro casi cilíndrico y horadado de cuevas y ruinas, rememora la Hita que visitamos hace décadas, y desde ahí, por entre las cumbres, serpenteando en suaves trazados de curva, hasta Huete. El pasado se hace presente en la arquitectura monástica y colegial de un lugar que mantiene a grandes rasgos las trazas de judería y ensanche moderno. Quizás es la puerta sur de la alcarria, pues los paisajes sedimentarios dejan paso a las calizas (que nos habían sorprendido en inverosímiles tablas verticales en el ascenso a Entrepeñas) y quizás a algunos yesos, siempre cómplices del ganado de los grupos de pastores de hace tres o cuatro milenios de los que también hay indicios en estas tierras aún poco sistematizadas en su discurso prehistórico.
Desde aquí la Mancha, o mejor dicho su antesala, que no se materializa hasta que el Gigüela no alcanza las tierras de la frontera de Cuenca y Toledo, entre Quintanar de la Orden y Mota del Cuervo, donde rueda la reciente AP-37 que rememora las calzadas del Sudeste hispanorromano. Tierras casi llanas, que entre Carrascosa y Saelices – nombres parlantes de la vegetación y la sal de otros tiempos – se pueblan ahora de la ingeniería más puntera, sangría al antiguo trasvase Tajo – Segura. También atravesamos su cordón de agua color esmeralda, que serpentea hacia el sur, donde se han instalado parques eólicos y plantas termosolares en un compendio de unas energías a mayor gloria del mundo sigloveintiuno. Pero Segóbriga aguarda encaramada en una loma y sin hollar por ciudad postrera, lejos de otras urbes coetáneas. El Cerro de la Cabeza de Griego está coronado por una ermita, la edilicia más reciente de estos pagos, exceptuando el nuevo museo que se halla a los pies de la ciudad, donde foro, teatro y anfiteatro hermosea en su ruina el paisaje de calizas secundarias que le sirve de fondo. El Gigüela se halla delimitado por este macizo rocoso y no será hasta las tierras de Villamayor de Santiago, donde gane definitivamente la llanura, que ya no abandonará hasta rendirse en el Guadiana. Desde la glorieta de El Luján en unos cuantos km. alcanzamos Puebla de Almenara, donde castillo, ermita y antigua casa del Obispo Juan de Cuenca, nos remite al pasado bajomedieval y moderno realmente espléndido. Pero este ya es texto de otra entrega…

viernes, 11 de marzo de 2011

El Cerro de la Encantada



Fue allí donde fotografié la primera panorámica. Solo cuatro fotos que años más tarde monté sobre una tira de metacrilato, de las que “recuperamos”, como se dice ahora, del cambio de iluminación de los servicios de la facultad. La panorámica pretendía plasmar las dos entradas al Campo de Calatrava desde el sur, una de las primeras ideas que nos trasmitieron cuando llegamos alli, en julio del ochenta y uno. Sobre el cerro en el que nos encontrábamos y mirando al sur, podíamos distinguir las dos hendiduras verticales en las cadenas de sierras que flanqueaban las tierras, rojas, ocres y amarillas. Desde la altura sobre el entorno cerro, los pobladores en tiempos remotos e inciertos, podían advertir cualquier movimiento extraño y prepararse a la defensa. Arquitectura en piedra y seguramente buena vista, completaban las líneas básicas de defensa. 

Habíamos llegado en un autobús de línea – como se llamaban aún entonces -, que había hecho un alto en Daimiel y había arribado al fin a Almagro. Recuerdo que saqué la mochila naranja – marca Altus – de espeleólogo principiante y completamente inapropiada en el entorno canicular y manchego en el que habíamos recalado. Lo único apropiado era el sombrero de paja con el que me cubría, que completaba con camisa blanca sin cuello, peto vaquero y seguramente alpargatas, autenticas espardeñes que adquiría en mis anteriores veranos en las tierras del Valle de Albaida. Nada más llegar a las habitaciones del convento, que nos serviría de residencia en las próximas dos semanas, tuvimos que reorganizar el mobiliario, que no estaba dispuesto para el aluvión de estudiantes – quizás unos cuarenta – que tuvimos que emprender la caza y captura de camas y mesas para acondicionar el bajo cubierta donde montamos el dormitorio de los chicos. Mas tarde ayudamos a colocar las habitaciones del segundo piso en que se instalaron el nutrido grupo de chicas, que en su mayoría acababan de terminar primero. Allí conocí a Maricarmen, que luego me confesó que ya había reparado en mi, cuando hicimos el alto en Daimiel. Ellas siempre llegan antes.

Creo que todo esto pasó en domingo. Por la tarde recorrimos Almagro y caímos en la red de uno de los pueblos con mejor urbanismo y arquitectura de los siglos pasados, así como de los mejor conservados y con magníficas tabernas, entonces. Tampoco se nos olvidará como pusimos un fondo común para ir de bar en bar, con cien pesetas cada uno. Los doce que éramos, con apenas ocho euros de ahora, estuvimos entrando y saliendo de todos los rincones y soportales de la espléndida plaza, a unas quince pesetas el chato de vino... Al día siguiente, a las seis de la mañana ya estábamos en pie, desayuno café con leche y abundantes galletas y al autocar que nos dejó cerca de Granátula de Calatrava, a los pies de un empinado cerro de laderas cuajadas de magníficos olivos y cima de cuchillos de cuarcita verdosa. Era nuestra primera ascensión al Cerro de la Encantada. Cuando llegamos arriba, cada uno pertrechado con lo que le tocaba - una espuerta de herramientas, o una garrafa de agua, o las “patas” del teodolito - la verdad es que aún no hacía el calor que íbamos a resistir durante las mañanas de aquella, creo que era la tercera o cuarta de las campañas de excavaciones arqueológicas sistemáticas, en la que nos integrábamos como estudiantes en prácticas de campo. Pronto nos familiarizamos con los dos sectores, A y B, en este último estábamos asignado a uno de los cortes, que se denominaban por una combinación de letras y números, en un escrupuloso sistema de cuadrículas “whileriano”. Además aprendimos una serie de términos que nos acompañarían ya toda la vida “catalana, por la paleta de albañil que usamos para extraer los sedimentos; alcotana, por la piqueta utilizada sobre todo para “perfilar” los cortes; palustrilla o paletín de alicatador, triangular y con una punta de cuchillo, que antes pendía de nuestro cinturón y ahora colocamos en uno de los bolsillos del chaleco de alta visibilidad, que ya es obligatorio en nuestros desplazamientos por “obra”. Y la carretilla, de la que prácticamente no me separé en los quince días, dando viajes a la empinada terrera, que se colgaba sobre los agudos cantiles en los que remataba la exigua (entonces y nada que ver con la última visita hace un lustro) plataforma de la cima.

Nos dirigía parte del profesorado de la Autónoma de Madrid. Carmen era la actividad personificada y los cortes donde desplegaba su incesante ritmo eran sin duda los mas animados, aunque los chavales no dábamos abasto a vaciar capazos en las carretillas. Ana siempre llevaba uno de los cuadernos de campo, proporcionándonos etiquetas para cada uno de los planos que excavábamos y que adjuntábamos a cada una de las bolsas de material. Etiquetas, que eran entonces auténticas de cartulina, con una arandela reforzada en uno de sus extremos. Ana aparecía y desaparecía detrás de las entonces incipientes lineas de muralla. Y por supuesto Katia, multiplicándose de testigo el testigo – pasillos de un metro de anchura que quedaban en dos de los límites de las cuadrículas de cinco por cinco metros -, siempre atenta, a los cambios de color de los planos arqueológicos, a la cerámica que amontonábamos al borde de los perfiles, a las tenues líneas de piedras mampuestas que asomaban sus lomos cuarcíticos en cualquier esquina del corte. Y lo que entonces no apreciábamos, pero que con el tiempo dejó poso como el buen vino, atenta a nosotros, a como cogíamos las palustrillas, como levantábamos los capazos de tierra del suelo, como debíamos protegernos del sol... De ella, con los años, quizás aprendimos la mayor parte del bagaje que hoy viaja con nosotros y que desplegamos cada mañana que iniciamos un nuevo trabajo de campo. Hemos ya perdido otros hábitos, aunque siempre los recordaremos con cariño, como aquel de encender un cigarro, cada vez que iniciaba el dibujo de uno de los planos de campo. Varios años repetimos miméticamente el gesto, hasta que abandonamos aquellos cigarrillos negros, símbolo de aquellos tiempos. 

Y Meseguer. Dirigía los trabajos de campo de las campañas de verano del yacimiento mas señero del proyecto de investigación que sobre la Edad del Bronce de la Mancha desarrollaba el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, bajo la dirección del catedrático D. Gratiniano Nieto Gallo, caballero donde los hubo y que para nosotros fue siempre el amable profesor, epílogo de un tiempo que no conocimos, pero que sin duda cimentaron la disciplina en su primer medio siglo de andadura científica. D. Gratiniano falleció unos años después, recién jubilado y quedó para siempre en su tierra adoptiva, Yecla, quizás próxima entrega de esta tribuna. El Dr. Meseguer, entonces “colega y pese a ello amigo” como le gustaba repetir, había sido uno de los fundadores del departamento y de la propia universidad, recién vuelto de su doctorado en Alemania, sobre estadística aplicada al estudio de las cerámicas prehistóricas. Meseguer se había formado con la principal generación de prehistoriadores alemanes, Sangsmeister, Schüle... los iniciadores de la investigación del III y II milenios a.C. en la Península Ibérica, donde lugares como Zambujal, El Cerro de la Virgen o Fuente Álamo, han quedado como baluartes de la investigación que se inició ahora hace media centuria. José Sánchez Meseguer no solo había iniciado la andadura de la Edad del Bronce de la Mancha, en lugares como La Encantada, La Campana, El Cuco, Cueva de Estremera... en paralelo a la Universidad de Granada que desvelaban las motillas daimieleñas del Azuer y Los Palacios, sino que había constituido uno de los primeros “laboratorios” en los que los trabajos de campo tenían su continuación durante todo el curso, entre cajones de cerámica, fichas y planos descriptivos de niveles arqueológicos, diapositivas y los primeros microordenadores – como se llamaban entonces - que se aplicaban a la clasificación y estudio de materiales arqueológicos. Allí le conocimos en la primavera de 1980 y hasta que nos distanciamos, también en primavera, en 1994, fuimos – creemos - atento alumno y leal colega en muchos días de campo, en las entrañas de los landróveres, en las noches de guitarra, en la asunción de un corpus de conocimiento, que fue especialmente intenso en los primeros ocho años. Hoy, desde la atalaya de los años, seguimos creyendo que aquella generación no solo fueron verdaderos maestros, sino que nos proporcionaron la oportunidad de integrarnos en un equipo de investigación y asistir a una decena de campañas de campo en lugares realmente importantes para la prehistoria submeseteña e inovidables para nosotros.

Al final fueron tres las campañas en La Encantada que tomaba su nombre de una pequeña cueva formada bajo una diaclasa y que en algunas épocas del año seguía atesorando el preciado bien del agua. La Cueva de la Encantada, al parecer era el nombre completo del “Cerro de la...”, seguramente leyenda forjada hace un milenio, que quizás recordaba otras un par de milenios más antiguas, cuando sus pobladores primigenios ya se habrían dispersado -quien sabe – por los valles mesetarios, dándose a una vida en pos de sus ganados y dejando cascos de pequeñas cerámicas incisas en sus cabañas abandonadas. Pero antes no había sido así. Habían vivido atesorando grandes recipientes de barro cocido que guardaban la cebada de sus cosechas y que mas tarde acogían a los propios difuntos familiares, bajo los suelos de tierra batida de las viviendas, levantadas sobre muros de piedra y cubiertas de techos de gruesas capas vegetales. Verdaderas casas, de las primeras que como tal podríamos llamar y que han perdurado en su arquitectura básica hasta hace unas décadas. El caserío se agrupaba bajo diferentes recintos de gruesos muros – de aparejo ciclópeo en algunos puntos – destacando algunos edificios de planta más compleja que las usuales viviendas, que concluyen su habitación en verdaderos panteones funerarios.

Fue precisamente en unos de esos muros ciclópeos donde fui encargado de dirigir “mi primer corte”, origen en el cursus honorum que entonces regulaba las prácticas de campo. Aún conservo una fotografía con mis primeros “colaboradores” como nos decía D. Gratiniano. Allí estaba Elena, de mi misma clase, serena, amable, educada, con quien coincidí prácticamente en todas las campañas de entonces e incluso en los tres primeros contratos, ya licenciados, en la Motilla del Retamar... Pero la Encantada no solo eran las imponentes fortificaciones, ni la nutrida necrópolis, de la que entonces aún solo habían aflorado unas docenas de inhumaciones con ajuares de espadas, agujas, punzones... sino los centenares de cuentas de collar, las secciones de colmillos de lejanos elefantes, los botones de sección piramidal de hueso, toda la utillería prehistórica que poco a poco iba calando en nuestras permeables mentes de apenas veinteaños. 
Y además Granátula, patria de Espartero y solar de tabernas – entre ellas la que regentaba el que apodaban “El Zorro”, que preparaba calderos de conejos con tomate. Allí bajábamos a las fiestas veraniegas, a los coches de choque y en especial en la última de las campañas, quizás el momento que estuve más cerca de Lola, cuando rasgaba la pista con la habilidad de la conductora forjada en la natal Extremadura... En este ochenta y seis ya se había construido una casa de piedra, a modo de las primigenias, con sala y dormitorios y deposito de agua que alimentaba una cuba que trabajosamente remolcaba hasta la cumbre un “johndiere” de herrumbroso emblema cérvido en el frontal de radiador. Pasábamos la semana allí y el sábado nos hundíamos en la noche del pueblo que extendía apenas a un par de kilómetros de los pies del cerro. Naturalmente sin teléfonos ni electricidad, ni falta que hacía. Cuando dejaba mi casa, al principio del verano, les escribía a mis padres las coordenadas de La Encantada con el recado que si algo grave pasaba, el cabo del puesto de la Guardia Civil sabía donde encontrarnos. El único guiño al mundo contemporáneo era uno de los ordenadores Apple que se conectaba a una batería de automóvil y en el que por las tardes alimentábamos las bases de datos, minimalistas en la extensión de sus definiciones y bícromas en la pantalla de monitor de cámaras de vigilancia pioneras.

He vuelto varias veces y apenas reconozco en las casi gemelas cimas, la superficie de los dos sectores primigenios. Ahora los círculos de murallas se han multiplicado y la visita se ha ordenado, mediante cuidados senderos desde la casa de piedra de nuestras últimas campañas, que ascienden entre los cuchilllos de cuarcitas y los mampuestos que hoy coronan los muros trimilenarios. Sin duda el conjunto arqueológico más importante de la Edad del Bronce de la Meseta Sur y en el que tuve la satisfacción de aprender, conocer y compartir... prehistoria, amigos y estrellas fugaces.


J.M.P. (1981-1986)

martes, 9 de noviembre de 2010

Arquitectura fortificada en las rutas del Sur: El castillo de las Aguzaderas (El Coronil, Sevilla)



En las rutas del Sur y fruto del largo proceso de disputa de territorios que tuvo lugar al final de la Edad Media subsisten una serie de restos arquitectónicos que siempre han llamado la atención. Los castillos, arquitectura fortificada que avanzaba o retrocedía al impulso de las necesidades de la salvaguarda de la tierra, han perdido hoy su función. El Castillo de Las Aguzaderas, en El Coronil (Sevilla) es una de esas estructuras que señorean en el paisaje de las campiñas. En la actualidad, y aunque es bastante lo que queda de la fábrica original, no obstante perdido su uso y habitación, se nos muestra como un digno ejemplo del pasado arquitectónico del sudeste de la provincia de Sevilla.

La construcción del castillo de las Aguzaderas está datada entre los años 1348 a 1355. Su planta es cuadrada y presenta la torre del homenaje situada al oeste con saeteras dirigidas a oeste y sur con cuatro torres, también de planta cuadrada, y también con saeteras a los cuatro puntos cardinales. La torre del homenaje está atravesada en su mitad norte- sur por el paño de muralla, mientras que la mitad de los paños norte y sur se emplazan dos torreones de planta semicircular con tres aspilleras. En el ángulo sudeste se emplaza otro torreón, que adopta la forma de albarrana, o tipo de torre que sobresale del paño de muralla y que se une al mismo por un avance de la misma. La planta de las torres del paramento norte es de tendencia rectangular, mientras que las del paramento sur son de planta de tendencia cuadrada. La torre adosada del norte tiene cierre del paramento sur, mientras que la que se enfrenta a esta no tiene este cerramiento posterior. Presenta una protección muraria que enlaza la torre albarrana del ángulo sudeste con la mitad del paramento este, en forma cuadrangular y que según Mora Figueroa data de 1419. Muy posible es que su construcción se realizara para proteger un manantial que se halla en ese lugar. Las esquinas del paseo de ronda se hallan ensanchadas para dar acceso a las cuatro torres, realizándose la ascensión a aquel en su esquina noreste, muy cerca de la entrada al recinto que se halla en el tercio más cercano del paramento norte al ángulo noroeste.

Un sistema de fortificación no se componía sólo de elementos estáticos, como es el castillo, sino que implicaba otros fuera del núcleo central y que tenían su vital importancia en las comunicaciones. Así desde las Aguzaderas se extiende en el piedemonte de la sierra una serie de torres atalayas, algunas de las cuales son las de Cote (Montellano) y las El Bullo y Lopera (Utrera), mencionada esta última en tratados antiguos, como en la obra de Rodrigo Caro, aunque no obstante la mejor conocida y más investigada es la de Cote, de presunto origen hispanomusulmán. Este sistema estaba en función de la defensa de la frontera sudeste del Reino de Granada. Concluimos estas líneas dedicadas a un ejemplo más de este rico y disperso patrimonio cultural edificado con una reflexión que siempre nos gusta traer a estas páginas y es la de la necesidad de fomentar el respeto por nuestro pasado común, evidenciado en los restos materiales del mismo. No está de mas una llamada de atención en momentos en los que afortunadamente otros sectores de nuestro patrimonio, como el natural, ya está teniendo la atención y la garantía de preservación que merece.

No ocurre así en todas las ocasiones con el cultural y el arqueológico, tan despreciado e incluso expoliado sistemáticamente en bastantes lugares que no ha enumerar ahora. Educación a las nuevas generaciones, respeto por le patrimonio común y denuncia sin temor de las agresiones pensamos que es la mejor de las políticas y de las acciones mas eficientes y que a la larga nos depararán mas beneficios en la transmisión de los bienes heredados y que debemos legar incluso magnificados a las generaciones venideras. Por ello cuando viajamos, ya en las rutas del sur, ya en otros viajes más largos y que nos llevan toda una vida, debemos de hacer un hueco en nuestro morral para las sensaciones que emanan de los que algunos pretenden mudo e inerte patrimonio edificado. La consabida y a veces ya tediosa frase de “si las piedras hablaran” se hace majestuosa realidad en tantos y tantos ejemplos, ocultos o manifiestos de un pasado común de mas de cinco milenios. En el viaje y en la vida, conocer y respetar son los dos pilares en los que las elocuentes piedras de nuestro patrimonio son maestras de historia y escuela de presente

El castillo de Almenara



Ayer subimos al castillo de Almenara. Nos recibió como siempre la barrera con las troneras, que circundamos hasta el punto, justo donde se orienta al norte y se vislumbra Uclés en la lejanía, donde los cantiles impiden el paso. Dos torres de planta semicircular flanquean otra de idéntico trazado, que acoge en su paramento norte los restos de la puerta del recinto, cegada de antiguo aunque apreciables aún la base de las jambas, restos del matacán y el hueco donde debió de exhibirse un escudo de mediano tamaño. La visita no pudo ser más fructífera ya que acompañamos a tres reconocidos castellólogos que “nos abrieron los ojos” sobre determinados detalles, que en las visitas que casi todos los años realizamos con familiares y amigos, nunca advertimos.

Tras ingresar por el pequeño portillo situado junto a la imponente torre sudoriental, ascendemos por una pequeña rampa, maciza del escombro acumulado en el recinto y observamos el paramento interior de la barrera, con los restos de la escalera que accede al adarve (o camino de ronda). La torre que acoge la puerta cegada se halla curiosamente limpia de escombro y presenta la cara interior de aquella bien enmarcada por arco y jambas. El interior de las torres de la barrera conservan, además del escombro procedente quizás de una campaña de restauración realizada hace una veintena de años, la bóveda de su cubierta y huellas de distintas fabricas o reforma de sus paramentos originales. En el interior de este recinto destaca frente a la situación de la puerta original, restos de una torre con huella de ventana cegada y alambroz, posiblemente de época moderna y desde esta zona se accede a las caballerizas, que a modo de pasillo abovedado abraza por sus cuatro lados el gran aljibe que luego comentaremos. Diversos restos de estructuras afloran en esta zona, por la que llegamos al límite del castillo, al oeste, junto en la zona donde los cantiles (que hemos, mencionado al rodear la barrera) escarpan la planta en este lugar.

Volvemos sobre nuestros pasos y accedemos en la esquina sureste por una pequeña barrera con su arco que protege la entrada al tercer recinto, si los numeramos de fuera a adentro, y donde tras girar al noroeste, traspasamos el muro de lo que debió ser la torre del homenaje del primitivo castillo medieval, que debió tener una gran extensión y del que queda en su extremo occidental los restos de una estancia abovedada, junto a la que queda una ventana alta con dos bancos empotrados a cada lado de la misma. El extremo este del paramento se corresponde con los restos de una escalera y una chimenea, además de restos de atarjeas o canalizaciones de agua, que bien pudieran situar aquí el área de servicio del conjunto.

El área central del recinto interior, al que se accede desde el área central de este gran paramento conservado, se articulaba en torno a un patio posiblemente columnado que se halla sobreelevado respecto a todo el resto del interior del castillo. En el centro de este no muy amplio espacio se halla la boca de un aljibe y los tragaluces del techo de la caballeriza que lo rodea. La cubierta de aquel es abovedada, su planta es rectangular, tiene gran altura y sus paredes aparecen recubiertas de pintura a la almagra. Como no podía ser de otra manera, el macizado de escombros en el fondo del mismo augura aún unas mayores dimensiones de la estructura hidráulica. Otros elementos anexos en el área central del castillo y según acertada observación de uno de nuestros amigos, pueden hacernos pensar en reocupaciones sucesivas, sobre todo en los conflictos bélicos de los últimos dos siglos, del área central del castillo.

Siempre es gratificante recorrer bajo las escasas almenas e imponentes paramentos los restos de uno de los castillos señeros de la familia Mendoza en las tierras de la Orden de Santiago. En definitiva, una preciosa mañana.

lunes, 5 de julio de 2010

Un día en Toledo



El viaje a las ciudades históricas forma parte de nuestro trabajo. Nos iniciamos pronto, gracias a nuestros padres, en recorrer España y en aquellos tiempos nunca dejamos de visitar las catedrales, las iglesias más señaladas, los castillos y palacios... Ello fue dejando un sedimento de horas y horas entre entonces oscuras paredes salpicadas del humo de cirios. Ahora, cuando el viaje es propio del oficio y a veces nos desplazamos para ver un determinado edificio o un yacimiento arqueológico coetáneo al que nos ocupa en esos momentos, nos corresponde pasar el testigo y por ello hace unos días pasamos un día en Toledo, con uno de nuestros sobrinos, que cumplía dieciocho años y nos pidió recorrer juntos la ciudad imperial. 

La primera en la frente. TOLETVM, en un rápido “pagineo” en la red vemos que la entrada cuesta cinco euros, algo ensañarán pensamos y aunque es un edificio que se halla a la entrada de Toledo y que conocemos hace algunos años a causa de nuestros frecuentes viajes a la ciudad, por mor de la capitalidad de Castilla – La Mancha, nunca habíamos reparado en el mismo. En principio bien, aparcamiento como Dios manda, aunque vemos que te abre la barrera un señor, al que hay que pagarle luego, acercándose a la misma barrera de salida, donde toda la infraestructura es una silla y una caja de cartón como "cajero automático", es decir la versión moderna del “gorrilla” sevillano. Naturalmente las puertas cercanas al aparcamiento están cerradas, por lo que hay que rodear todo el edificio, pasar la terraza “chilaout y subir un par de pisos de escaleras de diseño. Y el contenido del “centro de acogida”, un bar con terraza, en el que te tienes que servir tu mismo las bebidas desde la barra y un expositor con folletos y eso si, una señorita muy amable que te invita a visitar también la provincia, además de la capital. Al parecer a grupos organizados les muestran unos audiovisuales, que deben ser los cinco euros de la web. No obstante desde la terraza se admira un horizonte vegetal, de copas de frondosa arboleda, sobre las que “descansa” el alcázar. Al menos pudimos probar el zoom de la cámara que estrenábamos en las torres y ventanas del señero edificio. 

Decidimos volver al camino trillado y quizás más seguro. Aparcar en el Corralillo de San Miguel, rodear el alcázar, cruzar Zocodover y por la calle principal hasta la Catedral. Y ahí la segunda en la frente. Hacia años que no entrábamos en el templo primado de España. Recordábamos las anchas naves, el altar mayor único en toda la cristiandad, la luz del Transparente...Pero lo que no podíamos imaginar es que ahora las entradas se compran en la tienda (magnífica, pero tienda al fin y al cabo) a siete euros y que una vez traspasada la puerta del templo, suena una voz por megafonía recordando la prohibición de realizar fotografías. Cuando en la T4 de Madrid se han suprimido los avisos megafónicos, los implantamos en una de las catedrales más emblemáticas de la cristiandad. De pena. Pero la indignación crece cuando observamos que la entrada por el brazo norte del crucero se ha destinado a los fieles y que una gruesa reja les obliga a “recogerse” en una exigua capilla. Es decir, si en la ciudad de Toledo un centenar de fieles desean rezar a la vez en la catedral, sin pagar los siete euros, sencillamente no caben en el lugar que les destina el montaje turistico de la nueva catedral. No creemos que el turismo sea incompatible con la vida diaria, pero hay ciudades en las que los ciudadanos estan perdiendo. Sin embargo la sacristía lucía en todo su esplendor, con el Expolio del Greco presidiéndola. Y la catedral sigue siendo la catedral. Única, con esos rasgos barrocos y neoclásicos, la misma puerta por la que ahora se ingresa, tetrástila con frontón triangular, audaz donde las halla y el transparente, ahora también cercado por un balizado de soportes y cintas de “no pasar” en fino y unos paneles, a los que no quise ni acercarme, pues ultimamente las explicaciones restan lustre al propio elemento, sino directamente impiden su completa visión, cual es este caso.

Decidimos volver a nuestra propia adolescencia y visitar la capilla de Santo Tomé y su emblemático cuadro del “Entierro del Conde de Orgaz”, composición coral donde el Greco se muestra quizás mas pleno, con los contraluces entre las indumentarias civiles y eclesiásticas y los dos planos, de nuevo terrenal y celeste...Lo que no sabíamos era que ahora podía admirarse el propio sepulcro del protagonista del lienzo, delante del mismo. Cuando nos impresionó vivamente aquella primera visita al cuadro, tampoco advertimos o no se visitaba entonces la capilla, con trazas antiguas y modernas mezcladas en cabecera y nave principal, así como impecables revocos que cubren los paramentos. En uno de los laterales, una preciosa Virgen de Guadalupe, ocupa un sencillo altar. De ahí a comer en el Hostal del Cardenal, con una parada en el Museo de los Concilios y arte visigodo, hoy dependiente del Museo de Santa Cruz,y gratis por cierto. Eso si sin marketing como en los otros, donde las tiendas a veces tienen más superficie que las propias salas. Y se agradece un oasis que nos muestra la magnífica iglesia con las vitrinas de variado material metálico procedente sobre todo de las extensas necrópolis hispanovisigodas y donde puede deambularse por la cabecera tripartita y admirar los paramentos de este antiguo templo toledano. 

Tras la comida, visitamos la contigua Puerta de la Bisagra Vieja. Un sábado, en prácticas de la carrera, tuve la ocasión de recorrer el camino de ronda contiguo a la puerta, así como el interior de la misma. Armado con una mira, estuve todo el día de “peón de topógrafo” mientras se realizaba el levantamiento taquimétrico del conjunto. Hoy se nos aparece limpia, casi angosta, acceso de la ciudad a su “sagra” o campo de huertas y labores que abrazaba la urbe por el norte. Unos metros más al sur admiramos las fachadas de la iglesia de Santiago, la Puerta del Sol, vuelta a subir al casco histórico y otra parada en la mezquita de Bab – al – Mardúm, hoy rebautizada como ermita del Cristo de la Luz. Conservo una fotografía de los compañeros de quinto curso, de la asignatura de Arqueología Islámica, a las puertas de este lugar. Quizás fue el día que accedí al mismo por primera vez, para quedar impresionado por las nueve pequeñas cúpulas, todas diferentes y que nos traen el aroma de los primigenios edificios de la religión del Profeta, que aún se conservan en los desiertos de Jordania. Ahora se está terminando el proyecto de restauración, que ordena los jardines circundantes y permiten una inédita vista de la Puerta del Sol y también admirar las pinturas murales que decoraban ábside y paramentos de la posterior iglesia. Sigue asombrando la labor del ladrillo y la invocación en la fachada y sigue siendo un lugar poco conocido pero sin duda uno de esos lugares que hacen única a la ciudad de Toledo. 

La sinagoga del Tránsito alberga hoy el Museo Sefardí. Sumergida en plena judería, la única nave está decorada con cenefas con el sello de Salomón y los escudos de Castilla y Aragón, ejemplo de sincretismo donde los halla. En el museo, brillan con luz propia el registro material de los sefardíes marroquíes, con los que compartimos infancia y desde esta sala, la de las mujeres de la primitiva sinagoga, podemos observar la nave desde media altura, en un lateral. El museo, de carácter nacional y dirigido por el Ministerio de Cultura, tiene también una tienda bastante completa y siempre es agradable y recomendable la visita, de una de las mejores sinagogas históricas europeas, de espléndida edilicia y alejada de otros ejemplos, quizás famosos – como la de Praga – pero de rudimentaria arquitectura. En otro orden de cosas, Santa María La Blanca sigue sorprendiendo por el encalado de los muros, como debieron ser todos los paramentos de sinagogas, mezquitas e iglesias. Es una pena que a fines del siglo XIX imperara la moda de “desencalar” y arrasar con los revocos históricos (aún se sigue haciendo, recientemente en la propia ciudad de Guadalajara). Santa María La Blanca es “rara avis”, impoluta, donde resaltan los profusos capiteles labrados, la decoración de arquillos sobre la parte alta de la nave central. Lástima que las dos naves laterales de las cinco que tiene, sea ocupada por exposiciones que desvirtúan la integridad edilicia del conjunto. No obstante, la titularidad de la antigua iglesia hoy día es del Obispado y se nota en la tienda, la más completa, junto a la de la catedral. San Juan de los Reyes o la sinfonía de la luz. Ya nos sorprendió en aquel primer viaje con el colegio, apenas con quince años, las cadenas colgadas de la fachada, el gótico flamígero, la estereotomía impoluta – arte de cortar piedras y maderas - . Ahora nos sorprenden los escudos en el claustro alto, con los dominios de los reyes, la soberbia armadura, la tranquilidad en estas estancias y, porque no decirlo, las redes que se instalan para la protección de las piedras de la aves volanderas. El amplio coro, suspendido a media altura de la nave principal y las referencias a la familia franciscana, siguen siendo seña de identidad.

Un día en Toledo, sin ver parroquias, ni murallas, ni el Museo de Santa Cruz, ni los lugares integrados en las visitas del Toledo inédito, sorprendente y recomendable conjunto de visitas guiadas... Queda mucho por ver si solo se viaja un día a Toledo, pero ese viaje debe repetirse de vez en cuando y no olvidarnos que aquí, hace muchos años, los españoles - que ya se sentían bajo ese nombre - decidieron nombrar también una capital para su reinos.