Tres décadas hace que prendió primero la Historia y luego una de sus técnicas "colaterales" la Arqueología. Desde entonces tantos paisajes, tantos lugares y en todos siempre un detalle, que nos deja un jirón de recuerdo. Por ello esta "arqueología colateral" aspira a recuperar retazos de aquellos viajes, estancias, personas, lugares que hemos surcado en pos de la labor cotidiana de la arena entre los dedos, la criba del hueso, de la astilla oxidada que un día clavo fue...

martes, 10 de julio de 2012

El día que murió Camarón



Nunca conectábamos la radio de los vehículos mientras trabajábamos. En las tardes de gabinete, mientras pasábamos los inventarios de materiales nos acompañaba algún radiocasete, pero jamás en el trabajo de campo. Quizás nunca lo vimos en nuestras primeras excavaciones arqueológicas, cuando ningún coche subía hasta donde estaban los “cortes”. Pero ese día no pudimos resistir la noticia que habíamos oído cuando volvíamos del bocadillo de media mañana y acercamos el Citroën AX casi hasta la terrera y abrimos las puertas. Había muerto Camarón. Estábamos en Orippo y hace ahora veinte años dirigíamos la segunda de las campañas de excavación arqueológica destinadas a evaluar los restos de la ciudad sobre la que se había trazado, hacía una década, un polígono industrial. Como estructura señera, que centraba la parcela a la que se reducía el área no urbanizable, quedaba “la Torre de los Herberos” atalaya medieval en su mitad partida, como el olmo de Machado. Con la del 93 fueron tres las campañas en Orippo, una de las colonias de la Bética, heredera del Bronce Final Tartésico, el "BeFeTén" de nuestras coloquiales conversaciones entre colegas. Otro mundo en primavera y naturalmente pasamos por todo, o mejor dijo todo pasó por nosotros La Expo, La Feria, La Madrugá y la Blanca Paloma, ya cerca del verano, en un oleaje de camisas blancas, cuero en los botos y fulgor de latón oscuro en el pecho...y entre medias, Sevilla y la Marisma, extremo y abrazo del Lacus Licustinus, con la barca de Coria de frontera entre ambos paisajes.
Los yacimientos arqueológicos dejan un poso en la memoria que es difícil describir con simples palabras. Casi siempre son retazos, jirones de recuerdo que nos permiten a veces identificar el olor del metano en un pozo urbano, el color áspero y amarillento de los productos de las paleoalfarerías béticas, el tacto de la ceniza trimilenaria, un cúmulo de sensaciones que nos acompañarán el resto de nuestros días. Orippo fue nuestro segundo proyecto de hispanorromanos en la Bética, tras Almedinilla y anterior a Gonzalo de Ayora  7 en la ciudad de Córdoba. Más tarde una campaña de tres meses en “Pared de los Moros” en Niharra (Ávila) para completar el casi par de años de campo y romanos a las espaldas. He leído desde entonces muy poco sobre Orippo. Alguna actuación que se realizó posteriormente con motivo de carreteras de circunvalación, fuera del límite de la ciudad y prospecciones sobre las benditas lomas que se enseñoreaban en la margen izquierda del Guadaira. Quizás no se ha publicado más y a la hora de escribir estas líneas he desistido de colocar la palabra “Orippo” en el consabido dedo googleliano que todo lo escruta. La última vez que volví por allí debió de ser hace casi quince años, quizás en primavera, pues recuerdo que volvía de Algeciras y fotografíe la Torre de los Herberos rodeada de un verdor inusitado. Habían crecido las naves industriales y me tomé un par de vinos en la Venta del Naranjito, en el caserío – ya término de Coria – que se extiende al sudeste de la ciudad hispanorromana. Quizás desempolve la carpeta que guarda los dibujos a rotring y las fotografías pegadas sobre cartulinas de la necrópolis que excavamos entonces y que fue una de la víctimas de la debacle del noventa y tres, cuando como ahora se esfumaron algunas de las primeras empresas de patrimonio histórico. La necrópolis nororiental de Orippo, uno de sus hornos cerámicos, así como los restos de una villa al norte de la Torre de los Herberos quedaron inéditas tras la desaparición de Arqueoconsult.
Pero aquel día de julio del 92 acababa de morir Camarón y las puertas abiertas del coche de color negro evocaba a un vencejo despanzurrado desde el nido. Las oleadas de condolencias se sucedían desde las distintas emisoras que emitían la terrible, aunque esperada, noticia. En la guantera llevábamos la cinta de Potro de rabia y miel, el último disco en vida, que había grabado con la Filarmónica de Londres. Acabo de leer en el Telva un magnífico texto de Casilda S. Varela sobre Camarón. Desgrana en unas cuantas páginas la vida y la muerte del cantaor de la Isla. Nunca fui a una de sus veladas que se espaciaban de noche en noche en aquel Madrid de los ochenta. Yo había sido devoto del rock de Triana, exquisito, profundo, después de Alameda, evocador y algo sensiblero,  y bastante menos del combativo y duro Medina Azahara. En aquel tiempo no tenía idea de Smash, precursores donde los halla, pero si que ya me deleitaba con Paco de Lucía, Dios en la Tierra, y con los diversos caminos que el flamenco tomaba en la época, de las Grecas a los Chichos y Chunguitos. Y seguía comprando cintas en las gasolineras, verdadero pulso de los éxitos del cante del momento, Porrinas de Badajoz, Paco Toronjo de Huelva, Naranjito de Triana, el incombustible Pali y sus sevillanas rocieras… Pero, a pesar de las pretendidas secuelas, Cigala, de las fusiones siempre empobrecedoras, Pitingo, de las promesas ya consagradas, Poveda, siempre volvemos a Camarón, como al Borges que cada día escribe mejor, al Bosco pintor de Flandes, a Villanueva arquitecto del rey, a Machado poeta de Castilla…
Se han cumplido veinte años de la muerte de Camarón. No nos imaginamos donde hubiera llegado o quizás si, a espaciar sus veladas de cante, a darnos un disco cada lustro, a querer y a quererse con los suyos. Despacio y dueño del tiempo, como siempre quiso ser.

martes, 3 de julio de 2012

Historia de un libro (y II)



Me mandaron un mensaje de la librería. Habían recibido el libro y tras adquirirlo mandé a su vez un mensaje al autor. Le había conocido en Twitter, donde hace algo más de un mes que transito. El autor había sido “retuiteado” por alguien de los que sigo su actividad en la Red. Ms sorprendió quizás que fuera el propio escritor, que se “colaba” en el grupo de periodistas, museógrafos, arqueólogos y arquitectos que componen básicamente el espectro de oficios por los que me intereso en la Red. Había publicado su primera novela y no quise leer mucho de los textos sobre la obra. Lo único que leí es que partía la narración de un crimen y aún así , como le dije al propio autor, dejaría en vía muerta al resto de lecturas, para que avanzara su relato, como un tren de vapor…
Quizás sea un poco radical, pero no leo autor más moderno que Delibes. Fui un jovenzuelo que pasaba las clases del colegio escribiendo relatos, como creo que he escrito en esta tribuna en alguna ocasión. Hubiera querido que mi futuro profesional fuera la literatura, pero una vez avanzado un par de cursos en Geografía e Historia, terminé por rematar unos cuantos cuentos dedicados a unas cuantas amigas, pasados a limpio en la Underwood del abuelo Santiago. Algunas leyeron los relatos, otras no y la carpeta hoy ocupa el último lugar en el cajón de lo que escribo. Porque escribir, escribo, aunque de otros temas como pueden comprobar en esta bitácora.
No me seduce la literatura actual. Entre los escandinavos tan publicitados (porque invitar a cenar a Ibsen cuando tienes a Galdós de vecino…), los italianos que convierten tu salón en una morgue (que leen tanto en mi familia y que tanto me cuesta ordenar los desmesurados volúmenes…) y los españoles, que entre falsa novela histórica, falsos misterios y realidad social que me interesa poco, no hago un hueco para leer nada actual. Hay excepciones, como la novela de un compañero de facultad, medievalista, que ambienta el relato en el siglo XVI y que realmente me gustó. Cuando acudí a comprar su siguiente novela, el escandaloso tamaño de la letra me pareció simplemente una estafa de la editorial. Y dejé el libro donde estaba.
Pero “Las Flores de Baudelaire” al menos tiene un título inteligente y está ambientada en el Bilbao de inicios del siglo XX. Aunque hay un crimen y un investigador del crimen, aspectos que sinceramente a mi no me atraen mucho. En la literatura de mediados del siglo XX no se escenificaban muchos crímenes, excepto en la Familia de Pascual Duarte. No vamos a realizar una profunda crítica de la novela, no tenemos oficio para ello y quizás sonara pretencioso en alguien de letras que lee otras literaturas.. pero si hemos de destacar una serie de rasgos que nos han encantado en esta lectura. Uno de ellos es la tela que se extiende sobre el mostrador con la trama de los hilos del paisaje de la ciudad, con la urdimbre de los hilos del paisanaje de la ciudad. La tela está magistralmente tejida y quizás ni sobre falta nada . Y ello quizás no es usual y parece por un momento que estamos leyendo algún clásico, leyendo un texto que ha envejecido bien, aunque no llegue al año publicado… Ya sabemos que los únicos textos que permanecen son los que envejecen bien.
Otro de los aspectos que nos ha interesado y que tomamos nota para intentar sintetizar (que difícil para los que nos perdemos en palabras y palabras...) es la estructura de las "escenas" que sin saltos demasiado bruscos nos hace caminar por las calles, los despachos, las viviendas, la orilla de la Ría. Otro de los aspectos es el rigor intelectual con el que se trata el lenguaje de la época. Estamos bastante cansados del lenguaje audiovisual patrio en el que, valga un ejemplo reciente de la serie Toledo, un infante medieval le dice a su sirviente "tu mismo..." Ni una palabra es disonante ni hay un neologismo fuera de lugar. Impecable. Y por último el panorama internacional que se describe y las relaciones de los personajes con ese panorama de la I Guerra Mundial también es perfectamente creible, e incluso para alguien como yo que en cuanto se menta la Historia en un relato, me pongo el cuchillo entre los dientes. 
En suma, quizás sin las redes sociales me hubiera perdido disfrutar durante un par de días de "Las flores del Baudelaire".  Un par de días con el libro entre las manos y todo lo que me reste de intelecto para considerar el relato y si el tiempo no lo impide, a su autor, como amigos.

viernes, 22 de junio de 2012

Como caracoles en un espejo

A pesar que ayer se inició el verano, a este lado del espejo aún hace frío. Nos desplazamos lentamente bajo el peso del bagaje que transportamos desde hace décadas. Vamos dejando un rastro de hilitos irisados que escriben lentos pero firmes párrafos que quedan sobre el cristal. A veces cruzamos un rastro y seguimos otros, de los que transportan aún más equipaje que nosotros. Pero al otro lado del espejo dicen que todo es velocidad, diseño, belleza, elegancia… dicen que a ese lado no hay caracoles sino liebres, o quizás sean conejos como el amigo de Alicia.

En suma, que a este lado seguimos escribiendo y seguimos dejando un rastro de hilitos que algunos cruzan y que otros siguen. Los caracoles al parecer somos felices, pero aún somos lentos. Al otro lado, las liebres, componen todos los hilitos, todos los trazos de los párrafos escritos y nos devuelven una imagen del laborioso y callado rastro de los caracoles.

Solo hace algo más de un mes que transitamos en Twitter y aún no hemos dejado muchos hilitos irisados. No sabemos cuando avanzaremos más deprisa. Pero no nos gustaría quedarnos, como decía el castizo, pasando más hambre que un caracol en un espejo…

jueves, 21 de junio de 2012

Historia de un libro I

Cuando vives en el barrio de Argüelles de Madrid te has pasado media vida rodeado de bares y librerías. En mi caso solo un quinto de vida y la verdad sea dicha que las librerías han aguantado mucho mejor que los bares. Desde que a los de la Complu les pusimos el Metro en la puerta (digo pusimos porque participé hace un par de décadas en el proyecto arqueológico preceptivo en Terrazas del Manzanares de Madrid) los bares han caído en picado y ya nadie tira los dobles como Dios manda. Pero el misterio de las librerías es algo que nos da un pábulo de esperanza, quizás no todo esté perdido.

Y el caso es que a través de las redes sociales, del twit que apenas empuño desde hace mes y medio, he tenido ocasión de mantener una agradable conversación con un autor literario (permítanme el anonimato mientras avanzamos en esta historia), con el que creo que comparto cierto resquemor por el mundo editorial actual. Cerca de casa está la librería Naos, donde periódicamente excavo los sedimentos apilados en la mesa dedicada a patrimonio y arquitectura histórica. También perdura la librería escolar de toda la vida, Páez, donde encuentras cualquier texto docente y sobre todo los Australes y los Castalias... tan olvidados hoy. Pero he cometido el error de preguntar en la librería del Gran Almacén, si de ese del triángulo tumbado, tras haber comprado una unidad de disco para contener la riada de GB fotográficos. He preguntado por el libro del autor y tras consultar la base de datos me han contestado con un escueto "no lo tenemos..." quizás con un deje de "cosas mas raras piden ahora..."

Esta visto, que la literatura ya es como un gran centro comercial de esos de los que me ufano en no pisar y que todos tienen las mismas tiendas casi en el mismo orden, tanto estés en la Coruña, como en Cádiz y que si no estás en una franquicia no existes. Pero aún hay esperanza para un servidor que, modestamente, ha repetido el acto de comprar un libro varias miles de veces durante los últimos treinta y cinco años. En otra librería cercana, dedicada al outlet librero, suerte de librería de viejo moderna, lo han localizado y han pronunciado la escueta frase mágica de "¿ lo pedimos ? ". La semana que viene tendré un mensaje en mi teléfono con la buena noticia. (Continuara...)

martes, 5 de junio de 2012

El neón de Tío Pepe y los grupos humanos extintos



Fotografía: http://guias-viajar.com/espana/madrid-puerta-sol-cartel-anuncio-publicitario-tio-pepe/

A veces pienso que seguimos siendo una tribu de nómadas. En las frías mañanas de invierno o en los mediodías de los estíos de las estepas castellanas muchos arqueólogos nos afanamos en desentrañar los restos que nos dejaron esos grupos humanos ya extintos. Detectamos las manchas oscuras que dejaron tras su desintegración sus cabañas, sus silos de alimentos, sus aljibes hoy colmatados de fragmentos de cerámicas, hueso, algún clavo en las cronologías más tardías. Entre esas cerámicas fracturadas hace tres o cuatro milenios ya hay decoraciones reconocibles, trazos pergeñados con un buril que mantenían quizás la identidad de cada una de las tribus y que hoy nos permiten "colgar" más adelante o más atrás esas piezas en la larga, larga cuerda de tender que es la cronología de la Prehistoria Reciente.

Por ello, cuando estos días hemos conocido que el cartel de Tío Pepe de la Puerta del Sol seguramente desaparecerá como esas cerámicas abandonadas en el sedimento de una escombrera, he pensado que seguimos siendo nómadas y que quizás ya no tenemos más patria que la ribera de los ríos en las mañanas de invierno o los prados de montaña en las tardes de verano. Y la larga cuerda de tender de los milenios pasados no han servido de nada, porque nos extinguiremos como grupo humano, más pronto que tarde y no volveremos nunca a recoger las cerámicas decoradas del siglo XXI, que hoy son los símbolos creados por la publicidad, la identidad forjada en las últimas centurias.

Los trazos en la cerámica abandonada hace tres milenios eran identidad para aquellos nómadas que nunca volvieron a aquellas riberas. Si hoy destruimos conscientemente nuestros símbolos, estaremos condenándonos paulatinamente a no volver nunca a trazar nuevas identidades. Apagado el neón de Tío Pepe damos otro paso para olvidar quienes hemos sido y caminar hacia la extinción de un grupo humano más, ahora del nuestro y quizás después ya no queden arqueólogos que desvelen que era aquella botella, aquel sombrero, aquella guitarra...

viernes, 1 de junio de 2012

Carta a Jorge Bustos


He rescatado de una de las entradas de http://www.intereconomia.com/blog/los-molinos/pa-que-sea-20120418#comments un comentario que realicé algún tiempo. El tono del resto de comentaristas no era el más apropiado para mi intención y prefiero hoy ampliar lo que escribíamos aquel día, citándome a mi mismo: 
“Una de las primeras responsabilidades que tuve en esta vida fue encargarme de recortar el artículo que Francisco Umbral escribía en la contraportada del diario El País y clavarlo en el corcho que cubría la pared del aula de 3º de BUP del Colegio de Santa María del Pilar de Madrid. Afortunadamente pronto dejé de leer ese periódico, aunque no al Umbral narrador. Con el articulista me reencontré años después cuando ocupó las página de El Mundo. Todo esto ocurría antes que Jorge Bustos naciera y he tenido que esperar más de treinta años para que aquel niño de letras se reconcilie con el papel impreso por la sutileza y el buen escribir de la primera pluma (hoy tecla) del articulismo español.
Sinceramente uno de los mejores momentos del día es cuando abro la Gaceta al revés (haberme criado entre marroquíes algo me ha influido...) y leo el texto de Jorge Bustos al que admiro en el otro yo que nunca fui, trasmutado en esta suerte de recomponer retazos de Prehistoria a base de fragmentos de barro cocido y si hay algo de suerte, alguna punta de flecha, un punzón, dos pesas de telar... Un niño de letras del que solo queda un puñado de folios en un cajón, fechados los últimos hacia 1982. Por eso todos los días vibro con la letra de Bustos y reconozco, con el olfato que da el medio siglo, donde hay madera para muchos años.
Un afectuoso saludo de José Martínez Peñarroya”.
Hoy día un título como el que encabeza esta líneas no augura nada bueno. Quizás nos han acostumbrado a que “Carta a...” signifique “poner a parir a...” cualquiera escudándonos en la ciudadanía, en la democracia, en los derechos humanos.... pero para mi carta a... significa aún contarle a alguien que le aprecio y que le escribo porque significa algo en el reducido espectro de afectos que este mundo contemporáneo nos depara cada día. 
Jorge Bustos sabe que hubo alguien antes de él. Parece una obviedad pero hoy día encontramos muchas personas que parecen originadas en el magma primigenio, en la sopa de proteínas que arroja el mar a la incipiente orilla una mañana de hace cinco mil millones de años, todos como Venus nacida de las aguas, pero con ropa de Zara. Todas estas personas afrentan a la Historia como si antes de ellos no hubiera habido nada. Pero Jorge Bustos conoce a los que fueron, también a Borges, al que le hice una vez una pregunta a inicios de los ochenta en el Paraninfo de la Universidad Central de la calle de San Bernardo, al final de su conferencia sobre la Metáfora.. ¿Que le sugiere Teseo y el Minotauro”. Recuerdo su gesto perdido y también su respuesta ¡Ah si...es interesante el tema...el laberinto... quizás sin darle más importancia. Creo que a partir de ese momento dejé de indagar sobre la epopeya de Creta. El tema estaba ya agotado por Borges y solamente me limité a rematar unas páginas con la metáfora del laberinto y una chica, de las que no quiso besarnos y cuajó en una buen amistad...parafraseando al mismo Bustos hace unos artículos.
Y Bustos también es actividad día a día en su labor de ir al encuentro de la noticia contárnosla con un poco de humor y un poco de “despego”, pero eso si, aferrado a sus valores y sus ideas que lo alejan del “todo vale” imperante. Por eso también apreciamos a Bustos porque no es usual que personas “con criterio” lo expresen abiertamente y lo apliquen al día a día. Aquí somos personas hasta en traje de baño, como decía la teniente Torres en televisión, piloto de combate, citando a su instructor...”Torres hay que ser militar hasta en traje de baño”. Pues bien Bustos y modestamente el que ahora teclea queremos ser personas y aplicar nuestro criterio, ideas y valores hasta sin el traje de baño. De Bustos lo compruebo todos los días al abrir la página del diario en el que escribe. Al que suscribe le cuesta Dios y ayuda muchas veces hasta levantarse. Pero comprobar que personas con veinte años menos son como éramos y nos gustaría que se siga siendo, nos da quizás ese pequeño impulso para poner el pie en el suelo cada mañana. 
Gracias Sr. Bustos.

domingo, 22 de abril de 2012

La motilla de Santa María del Retamar





En uno de los viajes de infancia y adolescencia mis padres me llevaron a Argamasilla de Alba. La prisión de Cervantes, el castillo de Peñarroya, Ruidera… fueron poderoso reclamo para que acudiéramos al encuentro de la historia en aquellos sugestivos paisajes. Mas tarde, en el otoño de 1984 volví a Argamasilla. No había cumplido aún los 23 años y acababa de licenciarme en Prehistoria y Arqueología por la Universidad Autónoma de Madrid. Era mi primer contrato de trabajo, y en cierta manera era la continuación de las prácticas que habíamos realizado desde la primavera de 1981, al integrarnos en un equipo de investigación sobre la Edad del Bronce de la Mancha que era liderado por el Dr. José Sánchez Meseguer y en el que la entonces aún doctoranda Katia Galán Saulnier era el motor y de aquel grupo de personas. 
Pero ahora era distinto. Ya era arqueólogo, el oficio que vino al encuentro de un joven  “de letras”, que le gustaba escribir y que en la recta final del bachillerato había tenido un magnífico profesor de latín y griego, Jose Luís Navarro González. No obstante no le seducía el futuro docente – prácticamente el único posible entonces para las filologías – por lo que siguió a tres amigos que se matricularon en Geografía e Historia. Antes de Navidad habían abandonado los tres, por lo que seguí solo en el aula 103 de la Facultad de Filosofía y Letras, vislumbrando un futuro posiblemente también docente, aunque con la Historia Antigua como objeto de estudio. Pero a mediados del segundo curso tuve conocimiento de unas prácticas de arqueología que se realizaban en lo que llamaban “La Cueva de Estremera”. Conocí al profesor Meseguer en un abarrotado laboratorio, donde los fragmentos cerámicos convivían con unas entonces extrañas máquinas de escribir conectadas a pequeños monitores. Mas tarde supe que eran ordenadores personales, los primeros Aple II, de los que el equipo del profesor Meseguer era pionero en su aplicación al tratamiento de datos procedentes de excavaciones arqueológicas. Desde aquellos días, hace ahora treinta años, hemos crecido de la mano de la Prehistoria y la Arqueología.
Volvamos a la “Motilla de Santa María del Retamar”, que es el nombre del yacimiento arqueológico por el que nos habíamos desplazado a Argamasilla de Alba. La última de las lagunas de Ruidera se embalsa en el pantano de Peñarroya y desde allí el recién nacido río Guadiana fluye por un estrecha vega, en sentido este – oeste. En estas llanuras aparecen una serie de montículos, que no alcanzan los diez metros de altura y que son fácilmente observables desde las alturas del entorno. Son las denominadas “motillas”, ya mencionadas en documentos medievales como hitos de deslinde de términos, y que configuran un paisaje característico. En realidad estos montículos son el resultado de la erosión sobre las ruinas de poblados de las Edades del Bronce y del Hierro, soterrando el contenido de aquellos. Conocidos por los arqueólogos desde hace un siglo, no será hasta la década de los años setenta del siglo XX cuando se inicien investigaciones sistemáticas sobre ellos, siendo la Motilla del Azuer, situada en el término de Daimiel, la más excavada y conocida del aproximadamente centenar de lugares similares conocidos.
Allí, bajo la dirección de Katía Galán y Rosario Colmenarejo, formábamos equipo técnico junto a Elena Sanz del Cerro y asistimos por primera vez al fascinante momento de iniciar la primera campaña de excavaciones sobre un yacimiento arqueológico. Ante nosotros el montículo de unos diez metros de altura y setenta metros de diámetro. El equipo de trabajadores, diez personas procedentes de Argamasilla de Alba que habían sido contratados por el INEM para paliar los meses de inactividad agrícola del invierno, pensaron en un principio que su trabajo consistiría en “allanar” el montículo para facilitar la siembra, o para aumentar las viñas y barbechos que nos circundaban. El Guadiana, tímido y estrecho, discurría al norte de la motilla, separando esta de la carretera Argamasilla – Ruidera, por lo que teníamos que acceder por el camino de servicio del antiguo canal de riego que serpenteaba en la cota de contacto de la llanura con las lomas que se alzaban al sur. Recuero aquel otoño lluvioso y los dos meses que duró nuestro trabajo estuvieron siempre teñidos por el fino barro rojizo de la vega.
Poco a poco se desvelaron una serie de paramentos y muros que emergían bajo la fina capa de tierra vegetal. Comíamos el bocadillo sentados en la fina hierba que cubrió aquel otoño y los dos siguientes, junto a las pequeñas hogueras alimentadas por la leña de las retamas, ubícuas en el montículo de la motilla. Y entre los muros, varias toneladas de fragmentos cerámicos, que identificábamos y describíamos en los días de lluvia, bajo el techo de unas antiguas dependencias municipales. A final de las tres largas campañas de excavación, al filo de las navidades de 1986, la motilla lucía con un reticulado de cuadrículas de excavación digna de los mejores tiempos de Sir Mortimer Wheeler.
Trabajar a las órdenes de Katia Galán fue una de las mejores escuelas que he tenido nunca. De ella aprendimos a llevar el paletín en el bolsillo trasero derecho del pantalón (aunque después lo desplacé al mismo lugar pero trabado con el cinturón, donde aún lo llevo), a encender un cigarro cuando iniciábamos el dibujo de un plano de excavación sobre el papel milimetrado (gesto que abandoné en la etapa cordobesa tras abandonar el hábito de fumador), a recoger hasta el mínimo fragmento de material arqueológico, incluso los de cronologías más cercanas a la nuestra, para poder fechar estrato a estrato cada fase del yacimiento...  En definitiva más de seis meses de trabajo de campo y quizás otro año completo de gabinete en el laboratorio de la Autónoma, donde tuvimos el honor de participar en la redacción de un artículo que apareció en la extinta revista “Oretum” de Ciudad Real, en su último número de 1987.
Ahí quedamos atrapados por los colores de la Mancha, a la que hemos vuelto desde hace una década por razones familiares, pero de la que nunca nos habíamos desprendido del todo, al menos al sesgarla vía N-IV en la otra “década andaluza” que algún día escribiremos. Quizás fueron las últimas campañas “a lo vieja escuela”, epílogo de trabajos como los desarrollados desde el Cerro de la Virgen de Orce, Fuente Álamo, Cerro Macareno hasta Gatas, Zambujal, Morra del Acequión, Motilla del Azuer. Solo en este yacimiento similar en tipo y cronología al que nos ocupa se continuaron los trabajos más allá de los años noventa del siglo XX hasta la actualidad, exponiendo un asentamiento de estas características de forma casi íntegra. Precisamente esos años noventa significaron la consolidación de otro tipo de campañas de excavación arqueológica sistemática, dejando paso en parte a proyectos preventivos en el que nos integramos entonces. Las décadas de los años sesenta a ochenta no han sido aún relatadas en la historia de los principales yacimientos y proyectos de excavación y desde aquí animamos a hacerlo a los protagonistas de ese periodo fundamental para la consolidación de una arqueología prehistórica peninsular, antes que caiga en manos de los habituales de la exégesis arqueológica que tanto se prodigan ahora y que con tanta superioridad y desdén tratan etapas tan decisivas e importantes como esta.