Tres décadas hace que prendió primero la Historia y luego una de sus técnicas "colaterales" la Arqueología. Desde entonces tantos paisajes, tantos lugares y en todos siempre un detalle, que nos deja un jirón de recuerdo. Por ello esta "arqueología colateral" aspira a recuperar retazos de aquellos viajes, estancias, personas, lugares que hemos surcado en pos de la labor cotidiana de la arena entre los dedos, la criba del hueso, de la astilla oxidada que un día clavo fue...

domingo, 6 de enero de 2013

Abila, Calpe, Marbella



No, no hemos errado al escribir el nombre de la castellana ciudad amurallada, ni citamos a la villa que acoge al conocido Peñón de Ifach alicantino. Estamos más al sur, en el amplio seno que describe la embocadura norte del Estrecho en su vertiente Mediterránea. Si, en Marbella. Se nos desvela la villa hace ahora algo más de una década, cuando se unen los destinos de los que esto escriben y comienzan las visitas de una forma más regular, un par de veces al año. En los tiempos de la odisea andaluza habíamos pasado alguna vez por aquí, pero solamente habíamos visitado los restos de la villa hispanorromana  de San Pedro de Alcántara. Aún hoy cuando decimos que vamos a pasar unos días en Marbella, nuestras palabras son acogidas con un rictus que denota una mezcla de desprecio y de envidia. Naturalmente ninguno de nuestros interlocutores ha estado en Marbella recientemente y seguramente ni conoce la ciudad. Y es que la leyenda, como en las villas del lejano Oeste norteamericano, apareja un sinfín de tópicos y lugares comunes. Naturalmente que circulan maseratis, ferraris y bentleys por sus calles, pero la Marbella de las urbanizaciones, de los clubs selectos y en definitiva de mucho más de leyenda que de realidad no es la Marbella que vivimos y disfrutamos un par de veces al año. 
Para empezar Marbella tiene uno de los mejores paseos marítimos que conocemos, sino el mejor. Partiendo del Puerto Deportivo, tan bien integrado en la propia estructura de la ciudad, podemos pasear hacia poniente o levante. En el primero de los sentidos discurriremos entre restaurantes, algunos bares, el faro, además de tiendas y un complejo de ocio en el que destacan los cines. Más adelante llegamos a un puente sobre un arroyo que desagua en el mar y que una vez traspasado podemos seguir caminando sobre un cuidado albero, entre el mar y los jardines de las villas que se sitúan en este punto del  término. Si escogemos caminar hacia levante, en dirección a  Málaga, podemos disfrutar de un entorno mucho más tranquilo, salpicado solo por unos cuantos chiringuitos muy remodelados, hasta llegar a las inmediaciones del Puerto de Pescadores y su barriada anexa, donde por cierto existe un precioso mural, como no podía ser de otra forma, de la Virgen del Carmen.
Pero no todo es mar, sino que podemos dividir nuestros pasos entre la calle Ricardo Soriano y aledaños, de interesantes comercios y el casco histórico, que resume la esencia de la Marbella que fue en su día. Hace mas de la década que visitamos la villa escribimos unas páginas sobre la historia marbellí, porque ya entonces nos había llamado la atención la escasez de textos bien sistematizados sobre este interesante tema. Hoy día seguimos prácticamente igual, pues aunque la literatura de carácter local se ha visto incrementada, no existe un texto que articule de una manera científica el pasado de estos paisajes.  El viajero puede desde conocer los restos de una de las murallas de más interés de estas tierras, hasta las casas de hermandad de las distintas cofradías que tienen su sede en el casco histórico – Nazareno, La Pollinica, Cristo del Amor -, pasando por la majestuosa iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación. No podemos olvidar los edificios civiles de la Plaza de los Naranjos, cuales son el propio Ayuntamiento y la Casa del Gobernador, así como el propio conjunto urbano donde destacan edificios como la sede del actual Museo del Grabado, y la casa -  palacio cercano y en proceso de restauración y el antiguo Hospital de San Juan, sede hoy también de dependencias municipales. Como colofón a esta visita hemos de ascender por la calle Ancha, espléndido ejemplo de ensanche dieciochesco, entre cuidados hoteles, tiendas y restaurantes hasta la plaza de San Francisco y llegar hasta la iglesia epónima, en estos días también bajo obras de rehabilitación. Un centro histórico muy vivo, muy visitado y mantiene unas señas de identidad – entre la conservación y la adaptación – que lo hacen muy atractivo y recomendable en su visita. 
Un lugar para el descanso, o incluso para planear visitas al entorno inmediato, entre Tarifa y Málaga capital, en la costa y hasta Ronda e incluso Antequera, hacia el interior, gracias a la nueva autopista AP-46 que nos acerca a esta última villa y a su magnífico y singular conjunto megalítico. Y precisamente en uno de los paseos que el descanso que estos días pasados nos ha deparado, captamos la imagen que encabeza estas líneas. Las Columnas de Hércules, Abila  y Calpe, el finis terrae y puerta del Mediterráneo, recortadas en un día de especial visibilidad. Sin duda un espectáculo que nos retrotrae a otras épocas míticas de nuestra historia, de los días en los que las naves de oriente surcaban estas costas y en la que los habitantes de aquel Tarteso primigenio, ya comerciaban con las mercaderías llegadas tras muchas jornadas de navegación. Costas de entonces, Marbella de hoy, a la que siempre volvemos con una sonrisa en los labios. 

martes, 1 de enero de 2013

Ronda, cuarenta años después.




Confesar que en cuarenta años no se ha pisado Ronda, es un ejercicio de humildad muy aconsejable para empezar un año nuevo. En la etapa noventera y andaluza de la que algún día rendiré cuenta en estas páginas, recuerdo haber atravesado la ciudad camino de Algeciras, tanto en tren como en automóvil, pero ni siquiera un alto para un café. Imperdonable.

Hace más de cuarenta años estuve en Ronda en un viaje de Fiat Seiscientos y densa niebla, lo más aconsejable para encarar el medio centenar de kilómetros que separan la villa de la costa de Málaga. Mi padre siempre contaba como nos adelantó un Mercedes y que con la camaradería ya perdida, que reinaba en las carreteras de aquellos tiempos, el conductor se ofreció a guiar a esta familia pedida en la niebla. Los faros del coche precedente fueron aquel día las retinas del pequeño utilitario, que a pesar de llevar las bombillas de color amarillo, según la normativa francesa obligatoria en Marruecos – donde residíamos y matriculamos el seiscientos - no eran suficientes para rasgar la espesa cortina. Solo recuerdo entre el manto blanco y espeso a una pareja de guardias civiles a caballo, uno de los equinos tan albo que apenas se distinguía morro, ojos y cascos del entorno. Embozados en sus capotes los guardias volvían a Ronda, pues nosotros además viajábamos hacia la costa, como muy bien me recordó mi madre cuando hablé con ella desde el restaurante antes de iniciar el regreso a Marbella, con aquel viaje aún presente. Literalmente me dijo,” cuidado que los precipicios quedan a la derecha según salís de Ronda”, y eso sin “gepeeses”  sino con la impronta que deja el miedo aún décadas después.

Hace unos días el clima era espléndido y según se asciende de San Pedro de Alcántara, se advierte que la carretera es ancha y bien señalizada. Además hasta los motoristas respetan los espacios vedados al adelantamiento, aunque una vez realizado aquel con todas las garantías de éxito se entreguen a la orgia de curvas y velocidad, que la verdad debe ser muy gratificante, para el que le guste. Una vez alcanzada las máximas cotas de la sierra, nos adentramos en unos kilómetros más o menos llanos, hasta que divisamos la mancha blanca de Ronda, en un extremo del valle y al borde del tajo, como si quisiera despegar de la campiña verde. La villa debe ser de las pocas que aún presenta obras en sus carreteras de acceso y recibe al visitante con un par de rotondas aún en mantillas. Una vez atravesado un ensanche, típico producto “mediados del siglo XX” llegamos al inicio de una avenida, donde ¡Oh grata sorpresa¡, se nos aparece un aparcamiento subterráneo, que una vez franqueado, además resulta ser amplio, nuevo y como comprobamos casi cinco horas más tarde, con un precio realmente competitivo. Definitivamente nos da la sensación que en Ronda saben hacer bien las cosas y no nos reciben como en otros lugares (que creo ya hemos reseñado en estas páginas) donde lo único que ofrecen es un descampado casi en las afueras. Y luego quieren recibir turismo !!!.

Iniciamos el descenso por la Carrera Espinel por pura orientación intuitiva, buscando la parte antigua. Esta calle concentra buena parte del comercio de la villa, siendo un verdadero centro comercial lineal y muy agradable, eficaz alternativa al modelo de lugar de compras tan anodino, repetido y vulgar que tanto se ha prodigado en esta nefasta década inicial del presente siglo. Podemos admirar algunas tiendas alojadas en magníficos ejemplos de casas señoriales del siglo XIX, aunque la mayoría de este tipo de viviendas ya han desparecido de la calle. Al fin aparece la silueta emblemática de la Maestranza, a la que nos dirigimos atolondrados en una suerte de peregrinación laica. Y en tropel hasta el ruedo, arropados por los burladeros pintados de un gris antiguo y por las decenas de columnas toscanas que nos abrazan… Y los dos museos, impecables. Nos detenemos más en la armería y la guarnicionería, siempre interesante admirar las sillas de montar orientales e incluso las de amazona, incomprensibles en su uso para profanos. En el picadero están dando cuerda a un magnífico ejemplar tordo que al resoplar parece que va a levantar la cubierta del amplio recinto… Otro, sin embargo, dormita al sol en un corral anexo y apenas levanta la cabeza cuando le chistamos desde el  piso superior que permite ver corrales, chiqueros y parte del desolladero.

Aranjuez, Sevilla, Ronda… son hitos de la arquitectura taurómaca dieciochesca y como tal admiramos estos cosos que tantas tardes de gloria han brindado en un cuarto de milenio. Y de ahí  por el Puente Nuevo – con un preceptivo alto previo en la oficina de información turística y rescatar el mapa de la ciudad de las manos de la amable señorita, que intenta, como en todas las oficinas de turismo, señalar con un bolígrafo Bic donde estamos – hacia el casco antiguo. Se nos desvela limpio, ordenado, claro en su comprensión, entre muralla a oriente, calle principal y pequeño barrio al occidente del amplio espacio que delimitan Ayuntamiento y Colegiata. Además descubrimos a medio camino el alminar de la antigua iglesia de San Sebastián, pequeña joya de los últimos tiempos de la arquitectura islámica rondeña. Tras pasar por alguna tienda de cerámica – aquí aún se mantienen un par de ellas porque no ha desembarcado el grueso del modelo de tienda de recuerdos globalizada, perceptible desde Santiago a Cartagena, pasando como no por Toledo – accedemos a la Colegiata.

El edificio sorprende en su exterior, con la torre mudéjar, la balconada recayente a la plaza, los paramentos del crucero al exterior que quedan sin concluir y cuyo espacio cierran un par de portadas, renacentistas donde las halla. Nos acaban endilgando la audioguía, aunque logramos que solo nos den una, para aminorar el peso en la visita, de cuatro euros la entrada. Detrás de nosotros, un par de parejas de nuestra edad declina el acceso al conocer la tarifa… y pensamos que así no podemos edificar una sociedad del ocio en este siglo XXI. Nos sorprende, en el mismo lugar de acceso los restos del arco del mirhab de la mezquita sobre la que se edifica el templo tardogótico en sus pies y renacentista en su cabecera. Interrogamos sobre la posibilidad de obtener alguna fotografía y somos casi obligados a realizarlas, lo que nos sigue reafirmando en la idea que en Ronda, en cuestión turística, saben hacer las cosas. Del interior sorprende como resuelven crucero y altar del templo renacentista, definiendo un espacio de seis bóvedas que parten de dos espectaculares columnas de capiteles y molduras, también espectaculares. Audacia renacentista no siempre bien ponderada, frente a la artesanía localista y repetitiva del románico-gótico. Y es que, hasta en historia de la arquitectura, las ideas innovadoras del renacimiento – barroco, han sido desechadas por el análisis impuesto por el nefasto siglo XIX, del que casi todos siguen aún cautivos.

Y de la Colegiata a comer, estupendamente y a muy buen precio. Después hacia las murallas y por el Puente Viejo y la puerta de Felipe V, a desandar el camino hacia el aparcamiento, pasando por algunas de las escasas parroquias que tiene la villa – Nuestro Padre Jesús y Santa Cecilia – y después de admirar el original templete de la Virgen de los Dolores. En suma una corta jornada en Ronda, que merece pernoctar en alguno de los pequeños hotelitos que salen al paso del viajero, entre las cuidadas calles de otra urbe castellana al sur del sur.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Novedad editorial: La Emperatriz de Alfredo Alvar Ezquerra


Acabamos de recibir la noticia de la publicación de un nuevo libro de nuestro presidente del Instituto de Estudios Madrileños, Dr. Alfredo Alvar Ezquerra, bajo el título “La emperatriz. Isabel y Carlos V, amor y gobierno en la corte española del Renacimiento”. Transcribimos literalmente el texto recibido:

“Cuentan que el 1 de mayo de 1539, cuando murió la emperatriz Isabel, con apenas treinta y seis años, no había forma de separar de su cuerpo a su viudo Carlos V, y que este cayó en tal depresión que tuvo que retirarse al monasterio jerónimo de La Sisla. El emperador nunca volvió a casarse, ni superó su muerte.

Pero Isabel no fue solo su amada esposa y madre del futuro rey Felipe II, fue también la gobernadora de España en las largas ausencias de su marido por los reinos de Europa. Gracias a su saber hacer y a su buen tino con las cortes de Castilla y Aragón, o con los más altos dignatarios palatinos, la dinastía de los Austrias se consolidó y España se convirtió en un estado moderno. 

Alfredo Alvar nos descubre (desde el silencio de los documentos originales de archivo, los más inéditos) la vida y las claves de gobierno de esta mujer fascinante, la que más poder ha tenido en España, la única emperatriz.  

Para ello, el autor ha manejado con profusión los epistolarios de la reina, de los embajadores imperiales y de aristócratas, entre otros. Igualmente, ha hecho un barrido en la documentación particular y pública (v. gr. contratos matrimoniales, testamentos, codicilos, cuentas de palacio o cédulas reales firmadas por la Gobernadora) de Isabel que se conservan en Simancas, así como se ha trabajado en archivos municipales de Castilla o Andalucía, entre otros. El libro forma parte de los resultados del proyecto de investigación del Plan Nacional de I+D+i “La escritura del recuerdo en primera persona: diarios, memorias y correspondencias de reyes, embajadores y cronistas (siglos XVI-XVII)”, cuyo nro. de ref. es HAR2011-30251.“

Ha sido publicado en Madrid, por La Esfera de los Libros, con fecha de 11/09/2012 y constando de 480 páginas. ISBN: 978-84-9970-276-6. Formato: 16x24 Cartoné. Precio: 24.90 € 



martes, 11 de septiembre de 2012

Isabel

El hacer de la Historia cotidiana compañera de viaje no nos deja ver ni siquiera una película con tranquilidad, apenas esta recree una época anterior a la nuestra. Y no hay paz en el espectador que se revuelve intranquilo en su butaca cada vez que aparece un mueble, una estancia, una vajilla en una mesa... que desde lejos presentan una cronología siglo y medio como poco anterior o posterior al momento histórico que se quiere recrear.  Además hemos de tapamos los oídos ante textos escritos realmente por analfabetos funcionales. Y no es que seamos mas o menos exigentes y comprendemos que la ficción tiene sus licencias, sino que nos revienta que si existe un conocimiento histórico bastante aceptable de las épocas representadas, porque los equipos cinematográficos se empeñan literalmente en estafar a sus futuros espectadores. 

Hace unos meses no fuimos capaces de resistir la serie televisiva Toledo. Por ello no escribimos nada en esta bitácora y apenas unos párrafos al correo electrónico de la productora, que por cierto nunca tuvo respuesta. Sin entrar en detalles del guión y las formas de expresión de los castellanos medievales, las recreaciones del exterior de los alcázares y sus estancias parecían extraídos literalmente de las mil y una noches, por no mencionar los ajuares domésticos, el vestuario, etc... que rayaban literalmente, y como hemos mencionado, en la estafa, máxime cuando en un par de décadas hemos acumulado muchísimo conocimiento de la Arqueología de esas épocas.

Pero Isabel, la serie que estrenó anoche TVE es un oasis que esperamos tenga larga vida o al menos secuelas en otras series de la misma época. Es inevitable acudir a la "compra" en el mercado digital y enterarse que su guionista - Juan Olivares - es historiador del Arte y la verdad eso se nota al menos en lo preciso del texto, actualizado al lenguaje de hoy, pero sin perder el pulso de un castellano (nunca mejor dicho entonces) precioso. Quizás son inevitables giros actuales como "por favor", pero en líneas generales el guión es impecable y "profundo" es decir, sube el listón de lo que estamos acostumbrados a ver y ya está bien de igualarnos todos por abajo y tener que tragarnos productos infames como el que creemos ya extinto Toledo.

Sin embargo aún hay detalles que pulir, y dicho esto sin ánimo de crítica acerada, sino de la realidad de los equipos de producción, donde seguramente asesoran historiadores, muy capaces en los textos, pero desconocedores en absoluto de la arqueología, tanto de la arquitectura, como de la material, de épocas que poco a poco se nos desvelan en nuestros trabajos diarios. Así la presencia de vajillas de cerámica en una mesa regia, anterior a la época de Felipe II, es bastante chocante, máxima cuando los platos además son una mala imitación de las talaveras del XVII. Y la cuestión del vino, tan presente en las mesas y que habría que precisar que tipo de viñas se cultivaban en la Castilla de la época... ¿ Por qué siempre es tinto el vino de las películas históricas ?

Isabel es una serie de altura internacional que sienta un antes y un después en la producción cinematográfica española. Si además estas series tuvieran un poco de Arqueología Moderna y Contemporánea, pulirían esos detalles disonantes, porque también hay equipos de este lado de la pantalla que sabríamos vestir una mesa con reproducciones del material que estamos habituados a recuperar en nuestra actividad diaria.

martes, 28 de agosto de 2012

La catedral de Burgo de Osma




Hemos vuelto a Burgo de Osma. Ahora el nombre oficial es mucho mas largo e incluye el artículo que le confiere un cierto toque de localismo, que no siempre es bien apreciado fuera de las estepas castellanas. Hace décadas, cuando residían aquí parte de la familia de uno de nosotros, las fotografías de la calle Mayor parecían tomadas hace siglos. Hoy día tampoco ha cambiado tanto, prácticamente el pavimento y la cartelería hostelera que se ha prodigado en los últimos tiempos. Pero hoy no vamos a extendernos sobre la villa, que por cierto ha sabido conjugar a la perfección desarrollo y conservación/promoción de su patrimonio arquitectónico y monumental, sino de uno de sus lugares más emblemáticos, cual el la Santa Iglesia Concatedral. Y el núcleo central de este texto es un prodigioso libro que hemos tenido ocasión de leer recientemente. 

Este libro no nos dejó indiferentes, como los escritos con anterioridad sobre la catedral, que aunque encomiables como guías de visita en formatos apropiados hace unas décadas y que aún pueden acompañarnos un distraído paseo entre naves, crucero, girola y claustro. Pero “La catedral Medieval de El Burgo de Osma, construcción, estilo e influencias” agrada en primer lugar por estar prologado por el hijo del autor, catedrático de Historia y por la profesión de D. Pedro de Pablo Aparicio, médico forense natural de la villa y que dedicó parte de su vida a diseccionar la catedral con el bisturí de la cinta métrica y el bloc de notas. Construye así uno de los primeros textos redactados, que no publicado en su momento, sobre Arqueología de la Arquitectura, aunque sin referencias explícitas a la esta disciplina, sino partiendo de la limpia mesa de disección que es la fría piedra del monumento y realizando una minuciosa inspección que se alargó durante años. Así nos describe el ritmo de construcción de la catedral, desde las medidas de sillares, columnas y demás elementos que conforman el esqueleto y los mimbres del edifico que se trenzan en varias épocas, hasta los restos de arquerias y de la sala capitular, posiblemente de un edificio anterior no catedralicio, a las naves, cruceros y capillas construidas según fecha del autor entre el último tercio del siglo XIIe inicios del XIII, rebajando la data del monumento unas tres décadas.

El autor nos describe la pérdida de la torre medieval durante el siglo XVIII cuando se aborda la construcción de la magnífica girola, sacristía, capilla del Venerable y la rotunda torre, quizás la más bella de fábrica española, si no mencionamos los alminares adaptados a nuevos templos. D. Pedro no llegó a terminar sus textos y por ello se echa de menos planimetrías más precisas y quizás ahondar en algunos aspectos cuales son las transformaciones en capillas o descripción de algunos elementos. La verdad es que el libro es de lectura amena y ahonda en apartados muy interesantes. cual es el establecer una lista de los obispos de Osma, además de intentar entroncar el obispado medieval, con el que seguramente se fundó en la Uxama altomedieval y visigoda. Además no tiene mejor final que el acerado análisis de las similitudes y analogías entre los estilos de Silos y la sala capitular de Osma concluyendo posiblemente en la primacía en el tiempo de nuestra catedral y digo nuestra porque tras varios viajes a Burgo de Osma la catedral ya que es un poco nuestra, en especial por su soberbia fábrica dieciochesca a partir de las trazas de nuestros queridos Villanueva y Sabatini, de los que tuvimos ocasión de excavar las extintas estructuras en el entorno de la Plaza de Oriente de Madrid. 

Burgo de Osma es la tercera catedral que sometemos al “ojo del viajero” y que hemos visitado con especial atención a su división entre áreas dedicadas al culto y a la visita turística. Aunque esta división no es nueva pues hace cerca de cuarenta años Sevilla ya presentaba una valla nada más entrar por la puerta que se halla junto a la Giralda. Y como dice la canción, “Sevilla tuvo que ser..”. Pero Burgo de Osma por el momento es una de las mejor adecuadas a esta separación. El tercio de las naves laterales, desde la mitad del coro hacia los pies también tienen su valla, que se abre cuando se inicia la visita del claustro, siendo el tránsito de acceso libre pudiendo completar el recorrido completo de la catedral sin abonar entrada alguna. No deben olvidar las autoridades eclesiásticas que muchos de los turistas también somos católicos y que por el momento rezar es gratis, ya que da la impresión que se intenta aislar a los fieles en un reducido espacio, consagrando el resto al otro dios de nuestro tiempo, el dinero. En ello nos remitimos a otro de las entradas de este mismo blog dedicada al mal efecto que nos causó la catedral de Toledo. Pero esto aún no pasa en esta catedral, donde quizás si se eche en falta una tienda mejor organizada y con una mayor abundancia de textos. En esto la tienda de Burgos es paradigmática, completa y muy actualizada.

El Museo Catedralicio es muy correcto y con algunas piezas notables y procede de la exposición de Las Edades del Hombre, que tuvimos ocasión de visitar en su momento, junto a la concatedral de Soria y a las ermitas recién restauradas de San Esteban de Gormaz y San Baudelio de Berlanga, conjunto indispensable para quien quiera conocer de primera mano la pintura religiosa medieval en estas latitudes. Por otra parte concluimos con algún comentario sobre el interior del templo, limpio y espléndido con los contrastes y las notas de “color” del sepulcro de San Pedro de Osma en la inusual situación a mediana altura en el extremo de uno de los brazos del crucero o la reformada cúpula de la capilla de Santiago tras los desastres del derrumbe de la torre medieval. También es notable el retablo del altar mayor.

En definitiva una de las catedrales más atrayentes de la Meseta Norte, tanto por sus restos románicos, por su magnífica fábrica gótica y por su soberbia coda en forma de torre, girola, capilla y sacristía barrocas.

sábado, 11 de agosto de 2012

De Casa General de la Orden del Carmelo a hospedería cuestionada…


Hace un par de días, coincidiendo con el punto álgido de las temperaturas de este verano, viajaba de Guadalajara a Puebla de Almenara (Cuenca). Tras ascender y cruzar los páramos de la Alcarria, la aguja del indicador de temperatura de nuestro vehículo de trabajo se puso al rojo, quizás también por el peso de los fragmentos cerámicos recién recuperados en la actuación arqueológica que realizamos. Nada más pasar Pastrana advertimos en un alto el imponente conjunto de un conjunto monástico y un par de indicaciones “Hospedería Real de Pastrana”. La perspectiva del descanso para vehículo y conductor nos hizo tomar la desviación  a la derecha y ascender un par de kilómetros hasta la entrada. Apenas dos coches aparcados y un solo lugar a la sombra, suficiente para aparcar y tomar nuestra cámara fotográfica.

El amplio compás o espacio que precede  a las iglesias conventuales se había trazado al norte del enorme edificio conventual. La el extremo suroeste de la fachada del templo, sin duda carmelitano por la disposición de huecos y espadaña, se adosaba al noreste del convento en el que había una sola puerta cerrada y un pequeño cartel de una compañía de alarmas. Tras unas cuantas fotografías llegué hasta la iglesia. Me acordé de los cuarenta grados cabales en el germánico termómetro de la furgoneta y la idea del café con hielo me espoleó a acercarme al lateral de la fachada en el que se apreciaba una hornacina con una carta de restaurante y la puerta, al fin ¡!, del mismo. El calor se hizo insoportable en mis sienes al leer el escueto papel tras el cristal de la puerta: Cerrado por reformas…

Solamente otros dos carteles nos llamaron la atención en la fachada de la iglesia. En uno se anunciaba Museos Franciscanos Teresiano de Ciencias Naturales y en otro una somera y bastante mal redactada reseña del edificio, donde se explicaba como había sido Casa General de la Orden Carmelita y posteriormente convento franciscano, tras el hiatus de la desamortización decimonónica. Terminé el carrete digital - aunque parezca mentira seguimos haciendo unas cuarenta fotografías de los edificios que nos interesan, el antiguo carrete de 36 – y seguí viaje al sur.  Por la noche acudía la oráculo googleiano para saber algo más de la Hospedería Real de Pastrana.  No hizo falta leer completas las reseñas de los sufridos viajeros que si habían encontrado abierto el establecimiento…

Y en este punto la reflexión  que se deriva de la anécdota del frustado café con hielo. Nos vanagloriamos de nuestro sector turístico y hotelero, de la cantidad y calidad de los establecimientos, de la abundancia y magnificiencia de nuestros monumentos histórico-artísticos… Debe ser que siempre voy al sitio equivocado. No creo que las Órdenes conventuales y los arquitectos del Siglo de Oro promovieran y trazaran algunos de los conjuntos edilicios más importantes de Europa para que quedaran de almoneda de muebles viejos trasmutados en hoteles de mala cocina y peor talante de sus responsables y empleados.

En los momentos que vivimos es hora también de poner orden en el “todo vale” sobre los edificios que constituyen nuestro Patrimonio Arquitectónico. El reventar los enlucidos y los seculares revocos (Cuartel del Conde Duque de Madrid), solar de hormigón los últimos restos de jardines históricos (Parador del Castillo de Oropesa, Toledo), desventrar tabiques, forjados y bajocubiertas (Colegio de Gramáticos de Cuerva…) por citar solo tres ejemplos de los muchos que podríamos traer a estas líneas, debe meditarse con cautela antes de ejecutarse. Y por supuesto abandonar muchos proyectos de convertir nuestro rico patrimonio edilicio en un cubil de hoteleros y empresarios sin escrúpulos que han vivido al socaire de la subvención y la impunidad ofrecida por entidades financieras y administraciones autonómicas y locales.

lunes, 6 de agosto de 2012

Treinta de Trescientos


Dicho así, un diez por ciento no es mucho, pero cuando son años y además parte de los propios, la mirada atrás casi nos da vértigo. Los trescientos son más, son todos los años que han pasado desde que se fundara la Biblioteca Nacional española, en los corredores de la Casa del Tesoro, al oriente del Alcázar de Madrid.

El lector habrá entendido que quien esto escribe lleva treinta años visitando regularmente la Biblioteca Nacional. Al principio y aún antes de abandonar el Colegio de Santa María del Pilar, obtuvimos nuestro primer carnet, el de la Biblioteca Circulante, que a la sazón oficiaba como madre de todas las bibliotecas municipales. Mas tarde, cuando iniciamos primero de Geografía e Historia, accedimos primero a la Sala Universitaria, donde además de las futuras colegas que estudiaban con amplio despliegue de papel y bolígrafos, se alineaban los libros manuales de cada una de la carreras que entonces se impartían. Pero el verdadero Santa Sanctorum era la sala de los ficheros que ocupaba toda la planta baja y donde - no exagero- había centenares de archivadores de madera que contenía cada uno centenares de fichas. Y allí se iniciaba la andadura de cualquier estudio, trabajo o investigación de debíamos emprender. Durante tardes enteras del catálogo de temas nos remitíamos al catálogo de autores y al final desembocábamos en el mostrador de peticiones con un mazo de fichas de color rosa cumplimentadas - las mismas que básicamente se siguen usando. Los diligentes funcionarios ponían en nuestras manos - como máximo de tres en tres - los libros que habíamos indagado horas antes. Una vez adjudicado pupitre en el Salón General, nos transportábamos a siglo y medio antes, prácticamente intacto desde la inauguración del edificio que se halla sobre el solar del antiguo convento de los Agustinos Recoletos.

En este tiempo la revolución digital, de la que aún no tenemos la suficiente perspectiva para valorar como ha supuesto cambios tan notables como fue el Neolítico o el desarrollo de la tracción mecánica aplicada al transporte, ha hecho desaparecer los ficheros y ahora accedemos a los varios millones de documentos que atesora desde el mismo teclado con el que componemos estas páginas. Un salto de tres siglos en tres décadas en una institución que vertebra una parte muy importante de España, de su lengua y su cultura, desde el original de Mio Cid al número de hoy de cualquier periódico diario, que quedará para siempre entre los centenares de kilómetros de anaqueles.

Podríamos escribir horas y horas sobre los días pasados entre los muros de la docta institución. De la primera cafetería con aquellos botellines de Cruzcampo tan baratos, de cuando se incorporaron los fondos de la Hemeroteca Nacional, de la época en la que se tuvo conciencia de robos de fondos y la Guardia Civil patrullaba en parejas por la Sala General y el cañón de los subfusiles quedaba a la altura de la cabeza de los lectores.. A mediados del mes de junio me llamó la atención el número elevado de pupitres vacantes, con lo cómodos que son ahora. Pensé que quizás había terminado el curso universitario, que los fondos digitales cada día son más abundantes, que quizás ya no hay tantas becas como antes y se nos priva del crisol de razas y nacionalidades que siempre han sido los pasillos de la Casa, incluso antes que el crisol fueran las calles de nuestra ciudad... Pero me preocupa que se lea mucho menos los fondos del XIX, del XX y que solo se atienda a los en muchas ocasiones chabacanos esquemas y refritos que pueblan la Red. Y esto sería el principio del fin de los libros, no del impreso en papel, sino de la misma idea de libros, cuando pensemos que ya todo está escrito. El principio de nuestro fin.